Yo amaba aquella viejecita hermosa. Claro que la amaba, era mi abuela. Siempre me llevaba de la mano a la playa para observar el atardecer. Ahí ella me hacía cuentos de su niñez y yo escuchaba atentamente.
—Mamá, ¿siempre estarás conmigo?
—Sí, mi amor, mira el cielo, mira lo hermoso que se ve el atardecer.
Los momentos más hermosos de mi vida los pasé junto a mi abuela, a quien yo llamaba mamá. Nunca le dije abuela, no me gustaba. El nombre mamá era más hermoso y le expresaba cuánto la amaba.
Todas las mañanas despertaba añorando que llegara la tarde para ver el cielo en la playa y apreciar el color hermoso de la puesta del sol. Era un espectáculo que sólo los que amaban de verdad podían apreciar.
Pasaron los años y yo crecí…. Tuve que irme a estudiar y ya no podía ver el atardecer junto a mamá. Ella iba todos los días, pero yo ya no podía acompañarla.
Mamá enfermó y yo corrí junto a ella para verla. Ya estaba viejita, un poco débil, pero todavía tenía la sonrisa hermosa de siempre. Tan pronto llegué me sonrió y me dijo pronto se irá el sol, pero mañana vuelve.
—Sí, mamá, lo hermoso es que siempre saldrá el sol.
—Deseo ir a la playa. Llévame.
—-Está bien, mamá. Vamos…
Juntas nuevamente fuimos a la playa a ver el atardecer. Ella en silencio sonrió. Me miró y me dijo: “siempre estaré contigo mi amor. Siempre serás mi princesa. Cuando mires al cielo y veas el sol salir o el sol ponerse, estaré contigo”.
Ese fue el último atardecer que estuvimos juntas. Esa noche mamá se fue, pero su recuerdo siempre estará conmigo… sólo miro al cielo y ella me sonríe…
