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Cuentan que un día de ardua y azarosa labor, en la esquina de las calles Monserrate y Muñoz Rivera estaba el laborioso quejándose en voz baja. Un transeúnte que a la sazón pasaba por la antigua plaza pública lo escucho y se sorprendió al oírlo hablar. Se le acercó cautelosamente y le preguntó: Martillo, ¿tú hablas? Éste le contestó: “Si, pero no se lo digas a nadie, porque esta gente son capaces de usarme en las tarimas políticas también.”
©Félix M. Ortiz Vizcarrondo
