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El macro fiestón / Edwin Ferrer

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Hubo un tiempo que existieron cañaverales, una gran central y una próspera economía en el pequeño pueblo al sur de las laderas de la Sierra de Cayey.

Cuentan que cada septiembre en la plaza del lugar reinaba la algarabía, las luces y la música por celebrarse allí las mejores fiestas patronales.   Incomparables con las fiestas de otras poblaciones.

El alcalde llenó sus arcas a costa del sudor de la frente de los obreros y al dejar caer la industria cañera propició el avance inmobiliario sobre los fértiles suelos de la llanura.

Cansados de tanto abuso por la falta de trabajo y el alza de los precios, los compueblanos  se reunieron frente a la alcaldía a protestar.  Alzando pancartas con hostilidad acosaron al alcalde llamándolo corrupto.  

Al escuchar la algarabía el honorable se asomó al balcón del ayuntamiento y les dijo en forma sutil: “Queridos compueblanos se que están irritados por la crisis económica, pero les prometo una gran fiesta  con el Gran Combo y la Sonora Ponceña”.

 Todos comenzaron a aplaudir y algunos hasta lloraron abrazándose de  emoción. Esa noche volvió la plaza a mostrar sus mejores galas y disfrutaron de un macro fiestón.

Un viejito con la piel descuartizada con una pava roída sacó un machete en medio de la tarima y grito: ¡Esta es la causa de nuestra desgracia!

Aquel macro fiestón fue el inicio de una gran amistad entre el alcalde y los compueblanos.  Al viejito lo tildaron de terrorista y lo denunciaron por alterar la paz.

© Edwin Ferrer

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