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Los misterios de la vida / Roberto Quiñones Rivera

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Mi querida suegra Doña Pancha tiene 106 años y ya está encamada.  Dada su condición y ancianidad solo Dios nos dirá hasta cuándo podremos disfrutar de su presencia física.  La visito todos los días y durante esas visitas he sido testigo de muchas expresiones de ella que ha dejado perpleja a toda la familia.  Me consta de propio conocimiento el oírla hablar de hechos no conocido por ella. Supuestamente se ha enterado por medio de su esposo fallecido hace cerca de treinta años con el cual, según ella, conversa con frecuencia.  Un ejemplo de esas  misteriosas comunicaciones es una donde expresa que su fallecido esposo la puso en conocimiento de la muerte reciente de uno de sus yernos, hecho  que por razón de no agravarle su condición no se le informó a ella.  Sorprendentemente un día, estando presente sus hijas, nos dio un discurso de consuelo a todos por la muerte de su yerno.

Pocos saben cuan “pesado” es para nuestros ancianos el vivir tantos años.  No les es pesado porque son muchos años sino porque han sido de mucha responsabilidad.  Primero son el centro, columna y apoyo de sus familias, y en ocasiones de familias numerosas.  Luego viven preocupados por la gente de la comunidad  que les rodea y después por todo el mundo.  En su evolución como ser humano de la preocupación pasan a la oración constante.  Cuando les empieza a fallar la memoria entran a la reflexión y la comunicación espiritual directa.  Etapa muy personal, tanto así que los que están a su alrededor no sabrán nunca el contenido de esa comunicación, excepto aquellos que les rodean que tienen la misma sensibilidad y pueden percatarse de la importancia de lo dicho.

Estas personas vivieron en su vida grandes luchas y en todo momento confiaron plenamente en el Señor. Esa confianza los condujo a triunfar en la vida.  Cumplieron con los mandamientos, fundamentos, conceptos, y preceptos del mensaje divino.  Lo hicieron de la forma más humilde y sincera; cosecharon amor porque eso fue lo que sembraron.

Se habla de la demencia senil y el Alzheimer y es cierto que el organismo se deteriora, pero el alma o espíritu no.  Por eso es bien importante estar bien pendientes de lo que expresan en estas últimas etapas de sus existencia porque en sus “desvaríos” pueden decir cosas muy ciertas y como no son lógicas para nosotros no le damos importancia.  Cerramos así una ventana a la sabiduría que nos brindan los misterios de la vida.

 Personalmente para mi esta experiencia, que vivimos todos a diario con mi suegra, ha sido algo extraordinario para nuestro crecimiento espiritual.  Percibo a cada momento que ella está abriendo un camino espiritual, no solo para ella, sino para todos sus seres queridos. 

 ©Roberto Quiñones Rivera

Con la sensible colaboración de Adminda Pérez.

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