Edelmira había estado toda la noche pensando en que ya no había pan. En el maldito cuartucho
Edelmira siempre hablaba con su vecina, que sólo tenía cinco niños, pero que también había impuesto en su casa este régimen obligado de comer salteado. No tenían agua y el aseo era una aspiración que siempre quedaba circunscripta a rascarse la piel, a despiojarse en las orillas de ése río leonado y barroso que pasaba detrás del caserío. Edelmira sabía que había otra forma de vivir, allá en el pueblo, la gente de bien, como ella decía, tenía casa de material y agua que salía de unos caños y caía como cascada en sus piletas.
Ni siquiera se atrevía a soñar con esas “comodidades”, era una hembra de la especie con siete cachorros asustados y hambrientos y ella se sentía exhausta, los pechos se le arrugaban exprimidos por los dos hijos más pequeños que no hacían otra cosa que buscarla para vaciarla con sus dientes y dejarla por horas en un sopor de impotencia.
Inocencio bajaba del monte a las seis o siete de la tarde, enjuto en carnes, arrastrando el machete con la poca fuerza que le quedaba. Inocencio, como su nombre lo marcaba, era inocente y buenazo, sufría como ella con resignado estoicismo esa suerte de perro de la calle que le había marcado la vida. Inocencio encontró un día un libro gordo sin tapa, sobre un bote de basura cerca del poblado y lo levantó solemne sin saber, por supuesto, descifrar las letras que le bailaban ante los ojos. Lo llevó a la cueva donde vivía con su familia y le dijo a Edelmira que lo guardara para cuando alguna de sus criaturas pudiera ir a la escuela.
Edelmira lo miró lánguida, reprochándole con los ojos esa inocencia suya tan optimista. Se limitó a guardar el libro desarmado en un rincón de la choza.
Toda la mañana estuvo intentando crear sopas con cardos del camino y unas zanahorias viejas y deshidratadas, que guardaba hacía semanas.
De pronto, reparó en ese libraco voluminoso y semidestruído, lo levantó con reverencia. Se durmió sobre la silla desvencijada y salió al descampado.
Aquél hombre alto y luminoso -ella nunca había visto luz alrededor de nadie- pasaba con una multitud a las espaldas. Edelmira se unió a esa caravana, pensando en que tal vez fuera un político que les repartiría comestibles a cambio de votos, pero confundida se preguntó si no eran parte de un circo, porque su vestimenta parecía antigua.
Después de un rato, bordearon un lago, que ella no conocía, con aguas cristalinas y tranquilas, muy distinto al lodazal cercano. Atraída por la turba, Edelmira se vio a si misma entre una barahúnda de hombres y mujeres que aclamaban al líder. Hablaban en lenguas extrañas, pero la mujer, ignorante, no alcanzaba a explicarse el hecho.
Se sentó junto a una joven de piel cetrina y túnica blanca, atraída por el ser luminoso que daba indicaciones a unos hombres fornidos con sandalias. Un muchacho le alcanzó cinco panes de cebada y dos peces y ella sintió desde lejos cómo su boca se llenaba de agua…
En un instante ella comía pan crocante y el pescado crudo le supo a gloria.
Unos cestos lejanos rebosaban de alimento, ¡había panes y peces por millones!
Panes y peces para sus siete hijos, para Inocencio, para ella, para el perro flaco que cuidaba el hueco sin puerta a la hora de la siesta.
Entonces no lo pensó más, corrió decidida, jadeante, levantó un cesto lleno y siguió corriendo alucinada con la carga preciosa.
Hasta que la voz del compadre Indalecio la sorprendió con la pregunta y la sacó del marasmo de la silla:
— ¡Comaaaadre! ¿Dónde ha comprado tanto pan y tanto pescado? ¿Acaso el Inocencio se sacó la graaande?
Los ojos de Edelmira eran dos puntos, dos rayas luminosas y negras en sus ojos achinados, perdidos, desvariantes en una sonrisa interminable, que se dibujaba en sus desdentados dientes de toba.
©Gloria Gayoso
