Capítulo 1
Era un domingo de diciembre, y a Tinito se le escapa el día en el aburrimiento. Su abuela Julia estaba cocinando hallacas para vender.
En la entrada del viejo cementerio estaba Chago muy erguido, como si fuera el guardián de las moradas de los muertos. Con malas palabras regañaba a un perro sato que, muy desentendido, se lambía por todas sus partes. A las seis de la mañana vino a tomar café y Julia lo aconsejó como a un hijo y le pidió por lo más sagrado que dejara la bebida, pero fue en vano, porque a las dos de la tarde él estaba bien sasonao y rascándose como el canino.
Cuando Tinito lo vio, cogió la tranca de la puerta, porque era niño y no entendía de las penas y las alegrías que salían de la boca de un borracho, pero si venía a joder le iba a meter un trancazo. Y tuvieron suerte que llegó Padillita, el poeta pachanguero diciendo versos domingueros. Por un túnel secreto, que era el medio más fácil y seguro, los dos se fueron buscando la fuente de aguardiente.
Todo era soleda
El Tío Dolores hacía poco llegó de Nueva York, y como a los políticos, le gustaba cabildear y no se perdía un convite. Y Tinito se preguntaba: “¿Qué poderes tendrá, que hasta Nieves abandona su fogón y la plancha de carbón para visitarlo? ¿Será brujo, espiritista o santero? ”
Y estas cosas él pensaba cuando vio a Georgina, la más bella del solar, que venía acompañada de su nuevo amor, que era un cegato. Caminaban sigilosamente hacia el patio del tío. Y el sabio flamboyán no le tiró una flor al ver que ella se aguantaba la pipa. Tinito, inocentemente, aguantó la suya y le preguntó a Julia si Georgina tenía un árbol de ciruelas…
Y llegaron desfilando la muda y el patizambo de tres patas. Petrabé llegó en muletas con Sixto, el carpintero ñoco. También llegaron cabezones y cabezonas, y detrás de Matilde la culona, un trío de sonámbulos cantando la chambelona. Y para Tinito no había otra manera de ver las cosas, el Tío Lolo era curandero.
Julia le dio el plato de hallacas, con el encargo de llevarlas al tío Dolores. Y el niño vago no se quejó porque la curiosidad pudo más que la vagancia. Por fin iba a resolver el misterio del tío Lolo.
La casa del tío Lolo colindaba con el camposanto y para llegar a la parte trasera, había que pasar por un estrecho camino entre la pared de la casa y la verja del cementerio. Un árbol de corazones que decían que era machorro, tendía su espesa sombra sobre el lugar. Por los huecos y grietas de la verja se asomaban la hiedra, y los lirios negros que nacían de las grises lápidas al pie de las tumbas. En aquella sofocante humedad, Tinito sintió un “frío pelú”.
Entonces oyó el espantoso grito de una mujer y del susto, se le cayeron las hallacas y rápido las recogió del piso, invocando: lo que no mata engorda. Cuando llegó al patio, la mujer seguía gritando, brincando y bailando en la punta del pie. Era Nina la gambá que se había ganado el Bingo.
Capítulo 2
Vendió todas las hallacas y con los bolsillos llenos de plata se fue para la casa. Del árbol de corazones cayó la codiciada fruta. Tinito quedó exaltado cuando la vio caer y corrió a recogerla,
Don Bache era un señor que no tenía piernas y se deslizaba por las calles del pueblo con una tabla en cuatro ruedas de patín.
Cuando Tinito despertó, allí estaba él, la paz reflejada en su rostro, y algo tenía en la mirada que le dio confianza y seguridad al niño tenebroso. Puso el corazón en su pecho y extendió sus cansadas manos para ayudarlo a levantar.
Tinito devolvió el favor y ayudó a Bache a navegar entre los cachivaches del camino hasta llegar al patio del tío Lolo. Lo dejó sentado entre las gemelas Esperanza y Fe, y pidió la intervención de la gracia divina para que los Reyes le trajeran un sillón de ruedas. Luego se fue a la casa con el blando corazón.
Cuando llegó a la casa, Julia le preguntó por los chavos y el plato. Le entregó el dinero y por romper el plato cogió un cocotazo. Era Navidad y como él la quería muchísimo, le dio la mitad del corazón y la otra mitad la guardó para su madre.
Cuando llegó la noche y el cansancio lo tumbaba, llegó su mamá a buscarlo y emprendieron el largo trecho del Campito a la Ciudad Perdida. Esa noche, Tinito le dijo con mucha tristeza que en la Navidad quería darle la mitad del corazón, pero lo había dejado en El Campito. Él era niño y no entendió su tierno abrazo.
Soñando con juguetes quedó dormido en su regazo.
©Roberto López
