Sucedió que una mañana dominguera se juntaron las Hijas de María más acaudaladas a rezar junto a ella y como tenía una aureola diferente una de ellas comenzó a hablar en lenguas y la calumnió con el cura. Desde ese día dejó de entrar a la iglesia y conducía su propia misa junto a los Ángeles que la rodeaban en las calles. Uno de ellos fue un poeta, quien se le acercó con un violín en la mano y comenzó a tocar el himno de su pueblo. Luego mientras recitaba una poesía llamada “yo soy de allí” fue interrumpido por otro Ángel que grito. ¡Tan cayo!
Enseguida ella demostró la gratitud al Creador y por concederle las señales de que en su totalidad fueron ciertas y callando sus oraciones, dijo:
—Gracias por sus canciones y melodiosas poesías, por sus creaciones divinas de cuerpos celestes. Por el sol del cañaveral, los pastos, los emblemas y las semillas. Con ustedes brindo por las sospechas, las intrigas, el cansancio y la apatía. Por la alegría, la risa el llanto y la melancolía. Sobre todo, por la promesa cumplida. Enteramente con ustedes brindo por la muerte y por la vida…
Finalmente, los tres observaban el pueblo desde sus tumbas y una caravana de sapos conchos con mantillas marchaba lentamente.
©Edwin Ferrer
