Llegué a una casa desconocida para mí. Pintada de verde y con todas las luces encendidas. Había mucha gente, no pude distinguir a nadie en particular. Sólo una dulce y tierna viejecita con su moñito en la nuca y su acostumbrada batita de flores me recibió con alegría, Ramona.
Yo vestía de fiesta, traje ajustado, tacos, el cabello suelto arreglado, pero mi maquillaje se había dañado. La máscara o rímel se corrió alrededor de los ojos. Ella se percato de eso después de abrazarme. Me tomo suavemente por el brazo y me guió adentro de la casa.
La algarabía de la gente se quedo afuera. Había silencio, calma y una luz no sé de dónde irradiaba la estancia. Presentí que había alguien más adentro de la casa.
-Tal vez mi sobrino Pito aún duerme en uno de los cuartos.- Pensé.
Seguí por el pasillo hasta el baño. El lavamanos tenía la tubería rota. Salía el agua por borbotones, mucha y clara. Lejos de enojarse o asombrarse Ramona sonreída me indico:
-No te preocupes, lávate la cara.
Vi a Pito pasar por el pasillo. Me quede contemplando el agua, pensando por qué mami no quiere arreglar la tubería.
©Marinín Torregrosa Sánchez
2 de enero de 2011

