Llegó a la plaza de recreo a las siete de la mañana. Más temprano que nunca. Tenía puesto su acostumbrado sombrero blanco de ala corta y en la mano una caneca.
Se sentó donde siempre se solía sentar, en un banco bajo la sombra de un frondoso árbol de Laurel de la India. Puso la caneca sobre el banco. Dirigió su mirada al infinito y así estuvo largo rato. Parecería que no estaba pensando o que estaba hundido en pensamientos profundos. Dios, la totalidad de su ser, la utilidad o inutilidad de su existencia y sabe Dios que otros pensamientos.
Los que pasaban por su lado lo saludaban, pero él, impávido, como inerte, no contestaba los saludos, no miraba a las personas. De allí no se movió en todo el día.
A eso de de las cuatro de la tarde se quitó el sombrero y lo puso sobre el banco. Tomó la caneca en sus manos y de un solo trago se bebió todo el contenido. Se inclinó hacia la izquierda de su cuerpo. De su boca brotaba abundante espuma blanca, como la tripa del pan, espesa.
En la etiqueta de la caneca se podía leer, aguarrás.
© Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 2009
El autor es un abogado civilista y ex profesor universitario de la Universidad de Puerto Rico. Fue uno de los primeros tecnólogos de alimentos puertorriqueños, profesión donde realizó investigaciones en el campo de la conservación de alimentos. Además de sus escritos científicos ha escrito columnas periodísticas, biografías y relatos memoriales.

