Algunos de esos acontecimientos y recuerdos se transforman en leyendas cuando pasan de boca en boca, de narración en narración. A algunos se le quita y a otras se le añade, o al ser contados por diferentes personas tienen narraciones divergidas.
Admito que la que propongo narrar pueda caer en lo expuesto anteriormente o exagere un poco. Como acostumbraban decir los mayores, que ilustraban extendiendo el brazo: “Muchacho, tú cuentas una cosa así y la gente le sigue añadiendo hasta que llega acá”.
Como la persona es dueña de sus recuerdos, así es como lo revivo.
La celebración de las verbenas del barrio son mis remembranzas favoritas. Se celebraban en el parque de béisbol en diciembre durante nuestras vacaciones de invierno y le servían de preámbulo a las Fiestas Patronales de Ponce.
Las ‘trillas’ en los carruseles, los caballitos, la estrella, y las vueltitas con la novia en el gusano con la capota cerrada eran algo divino para mí. Algo surrealista. Un trance que me sacaba de la realidad y me transportaba a un mundo aparte. Un mundo de escondidas amorosas, con olor a popcorn y cotton candies de colores múltiples, y a conos de carrucho, sandwiches a la plancha y bacalaitos.
También disfrutaba de las atracciones dirigidas a la gente mayor: la música por las noches de las mejores orquestas y grupos del área, la música jíbara y folclórica. Otra atracción predilecta era la competencia el Palo Encebao, concurso que hiciera famoso el fenecido presentador de televisión Luis Vigoreaux, en su programa Sube Nene Sube, en donde los adultos competían por llegar al cucurucho del poste donde los esperaba un paquete estilo piñata con sorpresas, entre ellas dinero en efectivo. Los participantes trataban de subir el palo acompañados de la canción en ritmo salsero “Sube nene sube, el palo encebao”.
En otra ocasión construyeron una rampa con grasa, inspirada también en otro juego que hiciera famoso Vigoreaux, Pa’rriba Papi Pa’rriba, donde competían nuestros padres por un premio similar, con la súplica de sus esposas e hijos que gritaban “Pa’rriba, Papi Pa’rriba”…
Además recuerdo al cerdo embarrado en grasa que soltaban en el parque. El que lo atrapara, se quedaba con el pobre marrano que pasaba las de Caín bajo el candente sol y el acecho de los concursantes.
La gran atracción del último día de las verbenas, (un domingo) era el maratón que comenzaba en el Real Anón y culminaba cerca de las casas de Lillo y Juan El Chino, frente a la cancha.
Era una evento que todo el mundo esperaba y en el que participaban atletas de calibre nacional y donde competía el mejor atleta del barrio de la época, Efraín Pérez, mejor conocido por Tawa o Tagua como lo pronuncian muchos, un personaje de pasquín parecido a Tarzán.
El atleta, o la persona mejor dicho, que se robó el show en uno de esos maratones fue su primo Miguel, mejor conocido como Miguel el Gago en aquel entonces y ahora Miguel Velorio, porque cuenta la leyenda que no se ha perdido uno. (Miguel ha enterrado a la mitad del barrio, pero eso es cuento para otro día.)
Las “machinas” estaban en pleno apogeo cuando un grupo eufórico comenzó a aplaudir y a vociferar cerca de la entrada del
Sólo una tragedia impediría que el vecino de la Calle C, hijo legítimo del Coto Laurel y uno de nuestras figuras más pintorescas, se alzara con la cuarta presea del maratón.
¡Oh! qué final más alegre, espectacular y memorable para una de las verbenas más coloridas de la época. El logro de Miguel, en una disciplina donde terminar el recorrido es una distinción y llegar entre los primeros cuatro una proeza, iba a estamparse entre las hazañas de los mejores atletas del barrio en cualquiera de los deportes. Iba a acompañar a las de Tawa, que llegó décimo en la mencionada carrera, y a otros grandes deportistas que ha engendrado el Coto Laurel. En fin, Miguel iba a ser parte del rico gremio del deporte cotolaurense…
Hasta que alguien divulgó un secreto…
¡Oh, nooooooo!
Miguel había cogido “pon” en una motora y se escondió detrás de un árbol cerca de la antigua Gallera Kresto y Denia, aproximadamente a una milla de la llegada, y se integró al grupo de corredores, aseguraron testigos.
La revelación nos cayó como el más grande de los insultos.
Fue como si nos hubieran extirpado las entrañas. Nos sentimos como un globo sin aire y nuestra felicidad cayó al piso desparramándose como una guanábana. La ira por la descalificación de Miguel se sintió por todos las esquinas y arruinó lo que pudo haber sido la más grandes de las fiestas.
En un momento de reflexión, luego de varias décadas y a pesar de que causó que la emoción colectiva del poblado subiera y bajara como si estuviéramos montados en la estrella o en la montaña rusa, al fin y al cabo su nombre quedará estampado en la historia e idiosincrasia del barrio… no por sus hazañas en el deporte, sino por esa historieta que se narrará para siempre. Y, por eso, a Miguel le queremos dar las gracias.
© David Roche Santiago, 2010

