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Radiografía del politiquero / Josué Santiago de la Cruz

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En ninguna otra región del planeta, como en Puerto Rico, puede uno encontrar más politiqueros por milla cuadrada.

Desde Juan Ponce de León para acá nuestras mujeres no dan abasto pariendo politiqueros a diestra y siniestra.

Los tenemos de todos los colores (rojos, verdes, azules e incoloros) y de todas las posturas ideológicas (pipiolos, populares, penepés y no afiliados) y como el politiquero no reconoce ninguna otra necesidad, ninguna otra urgencia, que no sea la suya, se vale de la adulación y del engaño (de la manipulación) para satisfacer su insaciable hambre.

Al mismo ritmo en que Puerto Rico ha cambiado de lo rural a lo urbano, de una economía agrícola a una industrial (ahora se puede decir prestataria), de una colonia en blanco y negro a una en tecnicolor, el politiquero ha ido refinando su comportamiento en sociedad, su estilo operacional, a un extremo tal que para caer en cuenta de que existen en abundancia y que nos superan por la clásica milla y un 16, tenemos que mirar bien y poner mucha atención a lo que expresan y prometen. A lo que no dicen. De lo contrario corremos el riesgo de caer inmersos en su retórica políticamente envolvente y socialmente excluyente.

Ellos han hecho de la politiquería su modus vivendi.

Se llenan la boca, porque el corazón lo traen lleno de avaricia, con la democracia. Pero en minúscula, porque la Democracia verdadera sigue siendo “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Acuden, con regularidad, al Templo. Simpatizan con todas las denominaciones religiosas y juran ser imitadores del Maestro: humildes, desinteresados, piadosos y sacrificados. BULLSHIT!

No se pierden ni un baile de muñeca y están al tanto de cuanta cosa acontece en la comunidad. Se acuestan con Dios, si por los alrededores anda, y con el diablo, si lo ven pasar.

El politiquero no cree en nadie ni le es fiel nadie que no sea a sí mismo.

¡Ni en su madre cree en politiquero!: Jorge de Castro Font

Es camaleónico el politiquero.

Entre los verdes, es verde; si se encuentra rodeado de azules, es azul y si es interceptado por rojos se vuelve rojo sin ningún asomo de vergüenza porque, ¡BINGO!, otra de sus muchas características es la desvergüenza.

En Salinas, mi pueblo y el de muchos de ustedes, los politiqueros están que ni botándolos.

Ya no es el Cacique aquel de barrio que te recibía con los brazos expandidos (“¿Cómo le va correligionario?”) para decirte las cosas que tú querías escuchar.

Ahora, porque Mahoma dejó de ir a la montaña, la montaña no le sale detrás a Mahoma, ellos te tocan a la puerta, invaden tu espacio vivencial, se te cruzan en la acera y no te dejan ni respirar.

Los que ocupan posiciones electivas ya no fiscalizan al adversario, como solían hacer sus homólogos décadas en el pasado. Ahora hacen causa común con sus iguales porque son parte de un gremio cuya finalidad es hacerle daño al pueblo que representan o aspiran representar.

Destruyen sus monumentos, como hicieron con la Plaza Las Delicias y como acaban de hacer con Plaza/Museo de los Fundadores, que ahora se llama Plaza/Museo Prof. Gisella Ocasio Rentas.

Causa indignación ver cómo estos individuos hacen y deshacen a gusto, con la desfachatez de quien no ve nada malo en robarle a un pueblo los símbolos que lo identifican con su pasado. Con el origen de su pasado.

Tengo en mi poder los nombres de aquellos individuos que votaron en bloque a favor de la Resolución Núm. 25, “para denominar con el nombre de la Prof. Gisella Ocasio Rentas al Museo de los Fundadores…” y aunque ardo en ganas de tirarlos al medio aquí, voy a hacer buche, por ahora, para que vean que no soy tan malo, como me pintan.

PROHIBIDO OLVIDAR

©Josué Santiago de la Cruz

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