Al momento de culminar la procesión Caribe, Calambre y Juan de Alma regresaron la imagen de la Virgen a la parroquia. Pepe el ciego, quien había dado las campanadas de la misa, abrió los ojos por un segundo y vio a Judas que se dirigía hacia la alcaldía con las ofrendas. Varios apóstoles se reunieron en el colmado Braña para discutir de donde sacarían los fondos de la procesión del año entrante.
El mesías levitó sobre el pueblo y desde un avión militar se despidió y al ver la última llamarada de los cañaverales convertidas en cemento balbuceó:”Padre mío perdónalos porque no saben lo que hacen”
La gente lo esperaba en tres días pero su resurrección se dio después de haber hecho otro Viacrucis en los campos de batalla de Irak. Al regresar al pueblo todo había cambiado. Entonces Judas era quien reinaba en la tierra prometida y había convertido en esclavos a los que allí un día señoreaban como salinasos. Gente de corazón ardiente como el sol cuando emana su luz. Eran la tierra y la espiga, pero perecieron con el fuego de la última zafra dejando sus cenizas negras flotar en las cunetas o sumergirse por las alcantarillas.
Un capataz se acercó y él le dijo:
— Fui principio, y en el principio estaba el pobre, pero orgulloso. Perecí para que se comiese el pan en mi nombre y me sembraran con la estación. ¡Cuántas vidas viviré! En cada tumba seré futuro, seré semilla, seré una generación de hombres, en cada corazón está mi sangre de trabajador. Una gota, o parte de ella. Regresé y palideció Judas al verme. Pues yo era su conciencia. Como si fuera una sombra mía ennegrecida la imagen de una idea que se helara y el espíritu se alejara de ella.
©Edwin Ferrer
