La patria cumplió con su misión de haber dado a luz a otro más de los muchos que vuelan a otros cielos para ganarse el pan y convertirlo en una remesa de nadie.
—Me despido madre, cuídate—susurró casi inválido de palabras, antes de marchar en el vehículo militar.
Después de dos años, el nuevo ídolo regresó de Irak con dos medallas púrpuras en sus ojos. Cuando se desmontó del carro público, besó la Plaza Delicias con un bastón alargado.
—Por fin llegué,— dijo con un tono mohíno, su mirada fija y distante. Sus vecinos lo abanicaban con muchos cartelones, dándole la bienvenida al héroe.
En su humilde hogar, le contó a su familia todas las hazañas de la gente que confrontó en el desierto. Sus padres, ya cansados de oír la palabra guerra, se quedaron dormidos. Al momento de irse a dormir, puso en la mesita cerca de su cama, sus ojos, dejando dos huecos con una mirada profunda en su rostro…
© 4/13/2009, Edwin Ferrer

