Wilfredo fue, como uno dice, mi mejor amigo del infancia. Ambos nacimos y nos criamos en la Ciudad Perdida. Correteábamos por la barriada explorando y descubriendo las cosas a nuestros alrededor. Su casa era mi casa, igual que la mía era la suya. Cuando atardecía, si no era mi madre la que caminaba dos bloques a buscarme a casa de Wilfredo, era su abuela la que hacia el recorrido hasta mi casa a buscarlo a él.
Teníamos intereses similares, como dibujar, pintar y fabricar juguetes de madera rustica. A pesar de la diferencia en edad fuimos amigos de Aníbal Collazo, pintor, dibujante, artista gráfico y caricaturista de gran calibre que era nuestro vecino. Pasábamos largas horas observándolo, ya fuera frente al lienzo o en la mesa de trabajo haciendo tirillas cómicas que luego eran publicadas en el periódico El Imparcial.
En nuestros años escolares, desde el primer grado hasta el cuarto año, estuvimos siempre en el mismo salón, con los mismos maestros. Luego, ya camino a la Universidad, partimos por diferentes rumbos, el para el Colegio de Mayagüez y yo para la UPI en Río Piedras.
Durante mis estudios universitarios en Río Piedras apenas tuve comunicación con Wilfredo ni sabia como le iba en Mayagüez. Ya graduado, regreso a Salinas y es cuando me entero que Wilfredo había dejado sus estudios y que padecía de alguna condición que deterioraba su salud mental.
Pasó mucho tiempo sin saber de Wilfred ya que su abuela no estaba presente y ningun conocido tenía noticias de él. No recuerdo cuanto tiempo transcurió sin saber de Wilfredo hasta que un día veo a mi amigo deambulando por las calles de Salinas. El impacto que me provocó aquella escena es indescriptible, solo recuerdo que no pude contener el llanto.
Estaba todo desaliñado, sin bañar y con la ropa hecha trizas encima. Hablamos en medio de la turbación de mi espíritu. Me indico que era muy feliz así, pues estaba en comunicación directa con la naturaleza. Por una extraña sensación, percibí que verdaderamente era feliz y lo deje quieto en su mundo. Por supuesto que nuestra amistad continuo y donde quiera que lo veía compartíamos y hablábamos de arreglar los problemas del mundo, como también lo hacían mis padres y mis hijos que tampoco lo rechazaban.
Los que conocían a Wilfredo, especialmente los miembros de la clase de 1957, jamás lo rechazaron y cada cual lo ayudaba a sobrevivir como podía. El pedía para comer y también para beber y así lo expresaba al grupo nuestro. Había veces que me pedía un dólar pero hacia la salvedad que era para tomarse una cerveza Hennekein.
Otros lo consideraban como un loco sumamente inteligente. En una mochila guardaba sus utensilios de comer y un mechero para calentar la comida. Cargaba con un carton de caja que guardaba doblado de cierta forma. Esa era su cama. A pesar de que tenia familia donde comer y dormir se sentía más feliz durmiendo en el atrio de la Iglesia. Siempre llevaba un libro y un pequeño radio para leer y escuchar las noticias.
La vida de Wilfredo no se circunscribía a Salinas. Solía caminar a buscar ropa en el Salvation Army de Ponce y pasaba entonces semanas por esa zona. Cuando cerraron las oficinas del Salvation Army de Ponce iba a la de Caguas, donde obtenía ropa y otras cosas que le daban.
El viaje a Caguas tardaba tres días caminando por la ruta de la Piquiña, pero habitualmente hacia una parada en el restaurante El Cuñado, donde le daban alojo en un pequeño cuarto y comida. En agradecimiento Wlfred participaba en la limpieza del negocio. Al regreso de Caguas tomaba la misma ruta y hacia la misma parada.
Durante un tiempo notamos la ausencia de Wilfredo en Salinas mas allá de lo acostumbrado. Como solía irse a otros pueblos, asumimos que regresaría en cualquier momento.
Un día, durante una visita a la oficina de Ponce de la agencia para la cual trabajaba, escuche una conversación entre compañeras de oficina donde una de las damas contaba que ella estaba observando en la calle donde vivía la presencia de un loco nuevo que era muy sabio. Al describirlo, tuve la corazonada que se trataba de Wilfredo. Cuando pude hablar con la empleada a solas le explique mi corazonada solicitandole que cuando viera al loco lo llamara por su nombre, Wilfredo Belpre.
La semana siguiente regrese a Ponce y tan pronto la compañera me vio, me contó su encuentro con el loco, y lo que logró hacer con él. Cuando lo llamó por su nombre lo sorprendió de tal manera que Wilfred le pidió explicara porque ella sabía su nombre. Nadina Trías, que así se llama mi compañera de trabajo, no solo ese día le dio comida sino que también lo alojó en un pequeño apartamento detrás de la casa. Wilfred acepto la ayuda al saber que era mi compañera de trabajo.
Al terminar la jornada del día Nadina me invitó a su casa para que viera la condición de Wilfredo. Así lo hice y cual fue mi sorpresa al ver a Wilfredo en el apartamento leyendo, bañado, recortado, afeitado y muy bien vestido. Todo esto obra de Nadina, quien junto a su esposo y sus dos hijos habían adoptado a Wilfredo.
De esa manera Wilfredo regreso a una vida normal en donde recibió el cariño de esa familia. En ese apartamento lo visitamos varias veces Marcialito, su hermano, y yo a saber de él y a llevarle dos libros que me pidió, Las Crónicas del Cid y un poemario de Don Luis Muñoz Rivera.
Tres meses mas tarde, regresé a Ponce donde me recibe Nadina envuelta en llanto. Me dio a leer una carta de Wilfredo. Era una carta de despedida donde agradecía a ella y a su familia la amistad y las atenciones que le ofrecieron. Reiteraba sin embargo, que esa no era la vida que lo hacia feliz. Wilfredo regreso a donde verdaderamente el se sentía feliz… como un deambulante.
Varios meses después me lo encontré en la plaza de Salinas, tal como acostumbraba a estar, con su mochila y su cama de cartón. Recordé entonce lo que desde su noble corazón, con palabras y en silencio, me decía: lo feliz que se sentía caminando en comunión con la naturaleza.
Seis o siete meses después noté su ausencia de nuevo, pero esta vez me enteré que estaba recluido en el Hospital Cristo Redentor de Guayama a causa de una pulmonía, de donde el Gran Arquitecto del Universo lo rescató
©Roberto Quiñones Rivera
Sobre este personaje vea también Freddy

