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¡Allá viene la loca! / cuento de Josué Santiago de la Cruz

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A Nora, Nivea, Güani, Elsie, Anilda, Lucy  e Isabelita, todas ellas de Talas Viejas

Todos los sábados, en horas de la mañana, llegaba a Talas Viejas una mujer vestida de negro con una mantilla del mismo color cubriéndole el rostro. Avanzaba a grandes zancos, tragándose los vientos, y al verla venir corríamos a toda carrera pregonando, medio en broma y aterrorizados:

—¡Allá viene la loca!

Cruzaba el patio de mi casa sin saludar a nadie y se perdía en lo profundo del callejón.

Al atardecer, cuando el sereno bañaba de humedad las espigas de la caña, nos agrupábamos debajo del árbol de bellotas para inventar historias de fantasmas o, simplemente, jugar a los vaqueros.

—¡Yo soy “Wild” Bill Elliot!

—¡Y yo Billy the Kid!

—¡A mi me gusta más mejor Hopalong Cassidy!

—¡Conejo que sea Toro y yo El Llanero Solitario!

En lo mejor de nuestros juegos nos sorprendía su presencia, como una aparición que nos acompañaba toda la noche, invadiendo, con insistencia, nuestros sueños.

Un día nos acuclillamos en la canal, detrás de unos matojos de yerba que crecían allí silvestres, para esperar su arribo.

La vimos pasar y la seguimos toda la ruta hasta el lago de Majero.

Una vez allí, caminó derechito a la poza. Se sentó en la plazoleta de hormigón, desde donde nos lanzábamos de cabeza a las aguas. Tomó el rosario de cuentas negras que llevaba amarrado a la cintura y bajó la cabeza, meditativa.

Después comenzó a llorar con un llanto tan lastimoso que el eco de su dolor arropó con su angustia la naturaleza apacible de la charca y el lago.

Su queja ahogó la garata monótona de los grillos y el batir de las aguas contra la superficie fangosa de la alberca.

Apenas se escuchaba el trino de las aves en aquella mañana tan cargada de luz.

El miedo empezó a galopar cerrero por nuestras cabezas y regresamos al barrio, azorados.

La tarde me sorprendió con un ojo pegado al agujero de la pared de mi cuarto desde donde la ví dejando atrás el callejón y la cañada, seguida de un silencio que, de seguro, ocultaba el secreto de su pena.

Sentí su mirada en la mía y me escondí debajo de la frazada, huyendo de su fulgor.

Al día siguiente, cuando regresé de la Iglesia, volví al lago a pescar chopas e infectarme de bilharzia.

Sentado en el cemento donde el día antes se sentó la mujer vestida de negro, y con las ropas empapadas en agua, vi a un muchacho, de ojos tristes y apesadumbrados, que me hizo señas para que lo acompañara. Luego se incorporó y sin hacer ningún otro gesto, se dejó caer a la charca, como si lo hubieran empujado.

Solté los instrumentos de pesca y fui a su encuentro. Pero al llegar al concreto, ni una gota de agua vi en la superficie. Lo busqué en la poza y ésta estaba seca, como si de repente la tierra se hubiera bebido el agua.

Corrí despavorido y nunca más regresé al lago ni esperé la llegada de la loca, los sábados por la mañana.

 

© Josué Santiago de la Cruz 

Glosario:

Talas Viejas: Mi barrio, considerado el sector poblacional más antiguo de Salinas, Puerto Rico, perteneciente a la familia De la Cruz, mi familia. Hoy sólo existen los terrenos y las ruinas de lo que una vez fuera cuna de nuestro pueblo.

Chopa: Pez de agua dulce.

Bilharzia: Enfermedad humana causada por un parásito que se adquiere, mayormente, caminando descalzo por las inmediaciones de los lagos y los ríos.

 
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