Atemorizaba a sus subordinados con sólo mirarlos a una distancia de más de seis pies, en la escala de sus reacciones bipolares, disimuladas dentro de su uniforme de camuflaje. Cambiaba, como un semáforo, aunque sólo de amarillo a rojo.
Trataba a los soldados, a sus esposas e hijos con desdén. Siempre que contemplaba su rostro en el espejo, rugía, porque ahora no era hijo del coquí, sino un tigre de bengala.
Casi obligado a odiar a su propia bandera, su patria y su fe, se recreaba con la élite de las rayas y para él, el mundo entero era un gusarapo. Jamás quiso hablar su lenguaje años después que lo promovieron.
Su peor enemigo era su propia conciencia. En ella sólo veía presagios de derrotas, la angustia de sus días y la fuerte humillación del belicoso hueste que le concedió su ascenso.
Cuando se retiró, también lo hizo su esposa, sus hijos, sus amigos y su fortuna.
Un día, caminando por el parque, la policía lo detuvo enrollado como un pulpo fuera del agua, cubriéndose, semidesnudo, con un cartón que leía:
“Veterano de Vietnam, trabajo por comida”
©Edwin Ferrer 4/30/2009

