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Manolo / Edwin Ferrer

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A Manolo  le gustaba hacer travesuras.  A un borracho que dormía en uno de los callejones de la barriada Borinquén, le bajo los pantalones y le rompió un huevo en el trasero. Cuando el soñoliento hombre se incorporó pensó que había sido violado. Todos los testigos reían y celebran la maldad del temido alguacil.

Manolo, cansado de hacer travesuras, se fue en buscar paz espiritual al lago de Valé y de casualidad se encontró con el Diablo que lloraba angustiado.

— ¿Por qué lloras?

— Porque a Jesús lo pintan con pelo rubio, perfilado, con ojos azules y a mí como un hindú: negro, con pelo lacio, colmillos, un rabo largo y para colmo patas de cabras.

Manolo como era precoz se le ocurrió una idea y pensó:

«Ahora como el rey de las tinieblas está débil lo mataré y hare algo especial con sus extremidades; será  la última travesura de mi vida.  Así cuando muera iré a la gloria ».

Luego cuando el diablo se descuido le golpeó la cabeza con un peñón, le cortó las patas y el rabo y preparó un sancocho. Todo el pueblo se abasteció en el fiestón que hizo Manolo. Y cuando murió se fue a morar a la gloria.

Lo que nunca se supo fue porque desaparecieron de Salinas  los cañaverales, el Lago de Vale, el pipote y aquel caudal cristalino que antes brotaba de las entrañas de la llanura.

©Edwin Ferrer

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