A Manolo le gustaba hacer travesuras. A un borracho que dormía en uno de los callejones de la barriada Borinquén, le bajo los pantalones y le rompió un huevo en el trasero. Cuando el soñoliento hombre se incorporó pensó que había sido violado. Todos los testigos reían y celebran la maldad del temido alguacil.
Manolo, cansado de hacer travesuras, se fue en buscar paz espiritual al lago de Valé y de casualidad se encontró con el Diablo que lloraba angustiado.
— ¿Por qué lloras?
— Porque a Jesús lo pintan con pelo rubio, perfilado, con ojos azules y a mí como un hindú: negro, con pelo lacio, colmillos, un rabo largo y para colmo patas de cabras.
Manolo como era precoz se le ocurrió una idea y pensó:
«Ahora como el rey de las tinieblas está débil lo mataré y hare algo especial con sus extremidades; será la última travesura de mi vida. Así cuando muera iré a la gloria ».
Luego cuando el diablo se descuido le golpeó la cabeza con un peñón, le cortó las patas y el rabo y preparó un sancocho. Todo el pueblo se abasteció en el fiestón que hizo Manolo. Y cuando murió se fue a morar a la gloria.
©Edwin Ferrer

