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Un día se cansó de repetir las mismas cosas, eso me contaron, y cayó en un mutismo que debió ser acogedor porque no ha vuelto decir ni jota.
Con el tiempo, también, el silencio fue echando raíces en el poblado, al punto en que el párroco, cansado de oficiar misa y repicar campana, mandó todo al carajo…
Los animales igual se contagiaron.
De súbito el viento paró de soplar y cesó el rumor de las aguas en el río y el chapoteo de los peces al anochecer. El gallo enmudeció. De eso me di cuenta una madrugada cuando me despertó el silencio. Fue entonces que decidí contarlo todo antes de que la fiebre me haga olvidar las palabras.
©Josué Santiago de la Cruz
Foto de obra de Mar Arza

