Grabaste mi nombre en Salinas para que fuera libre como su verde bandera ondeando sobre el mar, libre como los peces que nadan en su escudo y como el pitirre que sobrevuela montes de sal.
Mi bautizo fue diminuto y mi primera comunión en el malecón mirando hacia la Isidora. Por eso mi sangre es dulce como la caña y mi cuerpo salado como el bacalao.
El flamboyán rojo de tu boca me ungió como misteriosa santa sobre el altar. Me diste por hostia pan sobao o de agua y por vino guarapo de caña.
Gracias madre por tu ternura, gracias por tu hermosura.
Y gracias a la partera que me jaló por las piernas en el pueblo de la dulzura.
©Edwin Ferrer

