Brutus era un Pitt Bull fornido como un toro criado en los arrabales del Bronx y Frankie, su dueño con tendencias políticas, lo decoraba con una cadena de oro muy gruesa. Tuco lloraba no ser inmortal y cada vez que pasaba el terrier frente a su casa escondía el pedacito de cola entre el prepucio y temblaba como los astros al caer la noche. Los ladridos del cabezón lo afligían y sentía la incertidumbre y la pavura de despertar en su boca triturado como el gofio.
Una tarde, Daisy, la sata de Maximina, andaba en celo correteando por el malecón y toda la jauría la perseguía desenfrenados. Lo que no sabían era que Brutus había roto sus cadenas y quería ser parte de la conquista. Todos los satos al ver aquel quijudo animal comenzaron a huir y se perdieron en los cañaverales. Solo Tuco lo confrontó y con todo su nerviosismo se lanzó como un león a la batalla. Un solo mordisco fue el testigo de aquella tragedia y Tuco revertió su sueño.
El Brutus terminó pegado y arrastró a Daisy de punta a punta por el malecón. Con el tiempo el pitbull murió famélico de una rara enfermedad en una institución de salud americana. Pupo echó de menos a su sato hasta que un día, un chillido de perritos que salía de un hueco del malecón lo despertó. Era Daisy con una docena de perritos tucos. Una iguana con una cadena de oro y un símbolo de la Asociación “American Kennel” los escoltaba.
©Edwin Ferrer

