Mudanzas
Sentado frente a su antigua maquinilla, con el lápiz en su mano suspendida, el papel sobre el escritorio y el cesto de
—¿Y qué voy a hacer yo con esto?
El grupo de estudiantes se acercó y le rodearon. Le amaban y admiraban su trabajo. Una de las jóvenes posó su mano sobre el hombro de aquel ser especial. El que había dedicado toda una vida a la enseñanza de la literatura con mucho amor y celo por la lengua patria. Con un leve movimiento acarició el hombro encorvado de quien por muchos años había dejado una huella imborrable en las vidas de sus estudiantes. Con un gesto amoroso le dijo:
—En esta máquina puede escribir y guardar todo lo que su imaginación consienta.
—¡Gracias! —Les dijo y volvió a colocar aquel objeto extraño en su caja.
Cuando se hubo ido el último de los estudiantes acarició el lápiz que tenía entre los dedos de su mano derecha, tomó el papiro con su mano izquierda, lo colocó primero sobre su nariz aspirando su olor añejo, luego lo puso sobre su corazón,
— ¡Gracias!— Les dijo a ambos.
