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Tres pelícanos / José Pepe Quesada

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          Había una vez en un muelle del Pacífico tres pelícanos de la especie pelecanus thagus que, a la caída de la tarde, cuando el sol invita a la francachela y a la meditación, hablaban de la vida y de la muerte con una gravedad más propia de mamíferos que de seres alados.

          ¿Veis ese pez? dijo el primero mientras con un escorzo de su cuello señalaba las oleosas aguas del puerto. Es feliz porque no conoce la diferencia entre la vida y la muerte.

          Yo creo que es feliz porque piensa que nunca morirá, aseveró el segundo mientras se expurgaba de parásitos su pecho blanco con el pico.

          A estas palabras sucedió un silencio pesado. Tan grave como las afirmaciones de los dos pelícanos. El primero miró al segundo y el segundo, interrumpiendo su purga, se volvió a mirar al tercero. El tercero miraba la trayectoria parsimoniosa del pez. Lo seguía sin mover un solo músculo. Adelantó una pata, adelantó la otra, dejó caer su cuerpo desde el borde del muelle y se zambulló violentamente en las aguas para emerger de ellas sólo dos segundos después. Flotó unos instantes con la bolsa de su pico hinchada y desde el muelle, sus dos compañeros, vieron cómo el pez luchaba por encontrar la salida de la membrana. El pelícano pescador sacudió violentamente la cabeza y el animal se deslizó pescuezo abajo hasta perderse en sus entrañas.

          El pájaro chapoteó un rato en el agua y al poco se elevó hasta el muelle. Sacudió su cuerpo como un perro, se rascó el pecho, tosió para aclararse la voz y preguntó: ¿por dónde íbamos?

©Pepe Quesada

El autor es un laureado escritor sevillano que se ha destacado en el género del microrrelato.

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