Site icon Encuentro al Sur

El violinista / Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Advertisements

Juan Antonio Cruz salió de Salinas hacia San Juan para asistir a un concierto de danzas que se celebraría en el teatro del Conservatorio de Música. Cuando iba por el desvío de Caguas, cerca de la salida de Aguas Buenas, sufrió un aparatoso accidente. Un conductor que venía a exceso de velocidad perdió el control, su carro saltó la valla divisoria de la carretera e impactó el auto que conducía Juan.  El conductor, Johnny Veloz, luego de practicársele la prueba, arrojó un nivel de 26% de alcohol en la sangre. Juan resultó con múltiples heridas y fracturas y tuvo que ser transportado en helicóptero al Centro Médico de Río Piedras. Ambos carros resultaron en pérdida total. El joven Johnny Veloz resultó con heridas leves que no ameritaron que fuera llevado al hospital. Así reza el informe del Policía Fulgencio Santiago, Placa 8225.

Como resultado del desgraciado accidente, Juan sufrió traumas cerebrales severos y quedó cuadrapléjico.  Podía oler, oír y ver, pero no podía hablar.

Luego de los tratamientos intensos que le salvaron la vida, comenzó el lento, tedioso y prolongado procedimiento de terapias para su rehabilitación.  En el proceso se dio cuenta que no perdió ni su excelente memoria ni su prolífica imaginación.

Se preguntaba para qué servirían esas terapias si jamás podría moverse, si iba a estar confinado para siempre en una silla de ruedas y de su violín no iban a brotar hermosas melodías. De qué servirían esas terapias si no podría acariciar a su bella y joven mujer ni podría abrazar a sus hijos.

Estaba convencido que era mejor morir, pero ni siquiera podía intentar privarse de la vida. Entonces lo invadió el penoso síndrome del encierro.

En sus noches de mayor angustia y desesperación, para calmarse, se imaginaba haciendo el amor con su mujer. Inventaba las palabras amorosas más dulces y arrulladoras para seducirla y libaba los mejores vinos espumosos de Francia.

Se transportaba a parajes idílicos, a bosques lluviosos, a picos de eternas nieves y a playas tropicales. En un instante estaba en París junto a la Torre Eiffel, en otro en Times Square celebrando el año nuevo o en la Viena de sus amores oyendo la Quinta de Beethoven o los valses de Strauss. Pero siempre terminaba su viaje imaginario en un desierto extremadamente seco.

Se imaginaba tocando el violín, instrumento del que era reconocido mundialmente como un virtuoso.  Sus conciertos los celebraba en las capitales del mundo y con las mejores orquestas sinfónicas. Pero, siempre terminaba en su realidad existencial, encerrado en un cuerpo sin movimiento, sin vida útil.

Se transportaba a los jardines mejor cuidados.  Allí aspiraba los aromas de las orquídeas más olorosas, las rosas más exquisitas y de todas las flores que brindan su olor.  Pero, siempre terminaba cuestionándose su absurda existencia.

Nunca practicó religión alguna.  Consideraba que sus logros se debían a su solo esfuerzo y que nunca medió intervención divina en ellos.

Al cabo de dos años de confinamiento y sin que las terapias mostraran resultados positivos comenzó a pensar en Dios. Al principio cuestionaba su existencia. Le culpaba por el accidente. Luego comenzó a hablarle quedamente, casi en susurros, tímidamente.

Más adelante fue ganando confianza. Le hizo mil preguntas que no produjeron respuestas, sino silencio absoluto.

Un día despertó temprano, oyó el canto melodioso de las aves que se asomaban por su ventana y le parecieron más hermosas que nunca.  El ruiseñor, imitador por excelencia, lo obsequió con su canto propio y uno similar al del coquí, el pitirre lanzó al aire su triunfal canto guerrero, la paloma torcaz su ronroneo y el bienteveo su onomatopéyica melodía.  No faltó la reinita ni el pájaro carpintero con sus vivos colores.

Aquel día el alba le obsequió sus más bellos colores.  Una paz y alegría no experimentada desde hacia largo tiempo inundó su espíritu.

Y ocurrió el milagro más apoteósico.  Se levantó del sillón de ruedas, caminó, alzó sus brazos, tocó en su violín las más hermosas danzas puertorriqueñas: Felices Días, Recuerdos de Borinquen, Bajo la Sombra de Un Pino, Sara, Laura y Georgina, Virginia y con arreglo de danza, su amada canción Verde Luz.

Le parecía que flotaba en el aire, que era más liviano que una pluma de ave empujada por el fresco viento.  Se fue elevando poco a poco, levemente, sin prisa,  hasta llegar al infinito.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de Mayo de 2009

Exit mobile version