Cuando era niño, en mi pueblo había mucho espacio para potrear y siempre tenía conmigo la escopeta de colcho que no mataba ni el hambre, pero alimentaba mis fantasías de tenebroso vengador de la colonia.
Eso aconteció en el mismo lugar y muchos años después de que a mi abuelo Juan lo rescataran vivo cuando el rio proceloso lo arrastró hasta allí. Dicen que mi abuelo después del rescate caminó descalzo hasta el negocio de Luna y allí celebró la vida con ron Palo Viejo. El charco se chupó mis zapatos, también caminé descalzo hasta el ventorrillo de Luna y pedí un mabí.
©Roberto López

