Después de tantos años, todavía se puede palpar. Mi abuela Julia deformó la coronilla de mi cabeza por haber mentado al altísimo.
Era de tarde. Doña Ernestina la bolitera y Julia conversaban de la existencia de espíritus burlones en el viejo cementerio del Campito. Mientras afilaba la púa de mi trompo, escuché las espantosas historias de almas en pena; las que, por algún horrendo pecado, no encuentran el camino al más allá.
Y era cosa común que los vecinos criaran un puerquito o una cabra en los terrenos del cementerio. Julia tenía una puerca amarada al pie de una tumba y a la puesta del sol me mandó a llevarle comida. Y dije «Yo no voy, aunque Dios baje del cielo»…
Ella acomodó la sortija de indio de tal manera que cuando me dio el sopapo, dejó la marca del penacho.
©Roberto López

