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por Josué Santiago de la Cruz
Miraba con fiereza la alcaldía,
Enhiesta la cerviz, augusto, claro,
Denuncia la injusticia del avaro
Político opresor y compañía.
Sembrado en sus verdades, aquel faro,
Profeta que mi pueblo no entendía,
En medio del dolor que lo afligía
Hablaba con la fuerza de un disparo.
El tiempo continuó su raudo vuelo
Y un día aquel profeta enmudeció,
Dejando en sus amigos el consuelo
De cultivar aquello que él sembró:
La fibra tan mordaz de su escalpelo
Del lado de este pueblo que adoró.
JSC

