por Josué Santiago
Camino a Río Piedras, viniendo de Salinas, cometí un error que me llevó a una terraza, en Cataño, a orillas de la laguna.
Bajé del vehículo a pedir dirección y tomar una cerveza.
Una pareja de ancianos y un joven de mi edad, entonces, sentados alrededor de una mesa, captó mi atención.
Apenas hubo terminado el mechero su explicación de cómo retomar la ruta que me llevaría a mi destino, le pregunté si el caballero alto y moreno era Davilita.
-Si -me contestó- y la dama que lo acompaña es la viuda de don Plácido Acevedo.
-Sírvales un servicio de lo que sea que estén tomando -le dije.
Al poco rato estaba entre ellos compartiendo de tan grata compañía.
Davilita y la viuda de Plácido Acevedo conversaban de su tiempo. De Pedro Flores y Rafael Hernández. De la enorme rivalidad que existió entre ambos. De sus pequeñeces humanas…
Por aquello de añadir mi granito de arena a la conversación, mencioné a Sylvia Rexach, nuestra gran compositora.
–¡No sea ignorante -me soltó a quemarropa el hombre cuya voz inmortalizó tantos temas de los dos genios de la canción popular puertorriqueña (Rafael Hernández y Pedro Flores)-, cuando se habla de planetas, los meteoritos y los cometas no forman parte del diálogo!
Me sentí casi tan perdido, como el joven aquel que entretenía a la que un día compartió lecho con el autor de Boda gris.
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