Cuando por razones que aun desconozco se ausentó el glorioso cantor de la voz de oro, Las Hijas de María le dieron el micrófono a Enrique y a empujones lo convirtieron en la primera voz de los Rosarios de Cruz.
Baltasar, un veterano de la guerra en Vietnam, vivía en un palomar en Sierra Brava y le gustaba quedarse dormido oyendo los cánticos de los Rosarios de Mayo. Eran las 8:00 de la noche, hora de tomarse la pepa que le controlaba su trastorno de doble personalidad. Una voz que titiritaba y se quedaba sin aire se coló por su ventana. Eso lo sobresaltó, y sin tomarse la pastilla, salió de prisa a investigar lo que estaba pasando en los Rosarios Cantados.
En el camino hacia la parroquia saludó a Doña Margara. Margara hacía muchos años que no hablaba con nadie, excepto con su gata Franchesca. En el balcón de su casa, se pasaba los días y las noches contemplando los astros y las nubes. Los inteligentes la tildaban de loca.
–Hoy parece que va a llover— dijo Baltasar.
Margara, con Francesca en su regazo y su mirada fija en el negro firmamento, lo ignoró. Baltasar siguió su camino y cuando va llegando a la plaza, oyó que la discordante voz del cantante principal cambió en medio de la canción. La nueva voz era agradable, musical y afinada.
– ¡Le aplicaron la grúa, Aleluya! – exclamó con júbilo.
Al cruzar la calle se encontró con Lucía, hermana de Margara. Lucía era una señora que solía ir a la iglesia todos los días y hablaba en lenguas extrañas. Siempre vestía de negro y usaba un velo sobre sus ojos. Cuando alguien se trepaba en el árbol de quenepas del patio de su casa, ella se ponía colérica y tiraba piedras sin atinar. Como le hendió la cabeza a unos cuantos “inocentes”, la gente sabida la tildaron de loca. Baltasar le dijo a Lucía:
— ¡Me alegro que sacaron a ese cantante tan malo! —
Lucía, bien altanera, lo miró por encima de los hombros, arqueando los labios y dilatando las narices, le respondió:
–el mismo clarín que empezó es el mismo que ahora suena.–
Y añadió en un largo pregón que sonaba como un merengue en francés:
— “bovále vicú, poito poto ven, basá basá basá”–o algo así por el estilo.
Baltasar siguió su marcha y llegó a la casa parroquial, y se encontró con Moisés, Clarence y Monchín, tres marginados del pueblo, que arrimados en la verja, disfrutaban de la música. L
–“Enrique no es cantante, es imposible que cante tan bonito. Aquí hay una triquiñuela”– dijo Baltasar.
Embelesado y lleno de sospechas, en vez de gozar de la música y de la voz prodigiosa de Enrique, así como hacían los demás, decidió escrudiñar el asunto. Y escrudiñó tanto y tanto que empezó a ver visiones. Y vio que junto a Enrique había una luminosa figura de otro ser, un doble… otro cantante. Baltasar se le acercó a Moisés, un tipo que desde que avistó un ovni allá por la cambija, se quedó sin voz y solo podía murmullar. Y Baltasar le dijo a Moisés,
— ¡Mira que el que canta no es Enrique, sino el otro que está a su lado! —
Moisés, un poco disturbado, bien bajito le murmuró a Baltasar.
–Ve a donde el ojista que estás viendo doble.–
Y Baltasar lo corrigió y le dijo: –¿Te refieres al oculista?–
No,– dijo Moisés.
Y acercándose a Baltasar, en un carrasposo murmullo le dijo:
–Ve al ojista porque el oculista es para el culo.–
Baltasar no se curó de espanto y siguió buscando testimonio. Decidió preguntarle a Clarence, un tipo acomplejado y obsesionado con su enorme musculatura.
– Mira bien y verás que son dos los cantantes, algo así como si vieras doble– le dijo Baltasar.
Clarence se enrolló las mangas, se quitó los anteojos de culo de botella y le zumbó un burrunazo, que si Baltasar no se agacha, le hubiera arrancado la cabeza. Finalmente decidió que discurrir el asunto no valía la pena y que era mejor disfrutar de la música. Dejando atrás lo que lo había vislumbrado, su alma se deleitaba porque Enrique cantaba con dulzura y el debido espíritu. Cuando más tranquilo se encontraba, llegó Celestino, un conocido erudito a la violeta. Y con la misma conjetura, Celestino le dijo:
–¡Aquí hay un truco,veo a otro cantante al lado de Enrique, como si fuera una doble visión!–
Baltasar abrazaba la diversidad humana y era muy afable, pero cuando se transformaba en Rambo, la cosa era distinta. La presencia de Celestino fue causa suficiente para la transformación. Baltasar guardó silencio, cambió la postura y entonces Rambo intervino. Rambo no quiso comulgar con aquel pretensioso impostor y así le respondi:
–¡Enrique canta muy bonito, pero que haga ver visiones, eso es una exageración!–
Y con toda la mala intención del mundo, Rambo añadió:
–Ve y pregúntale a Clarence–
Rambo era un buscapleito, y antes de irse al palomar, notó que Monchín estaba más “emperifoyao” que Iris Chacón. Cuando le pasó por el lado, le pinchó una nalga y se fue huyendo rumbo a Sierra Brava. Monchín se quitó los tacos y salió pitando detrás de él. No lo pudo coger y a todo pulmón le gritó:
–¡Ojalá te parta un rayo por el medio, caripelao!–
Minutos más tarde, los rosarios se suspendieron, no por la amenaza de lluvia, sino por un sal pa’ fuera que formaron Clarence y Celestino. Camino a su palomar, Rambo empezó a desvariar y Margara desde su balcón lo miró y le señaló hacia el cielo. Rambo se detuvo en el medio de la calle y cuando miró hacia arriba, vio caer estrellas de todos colores y tamaños; eran el preludio de sus pesadillas. La lluvia se hizo más fuerte y Rambo, en éxtasis, parecía desafiar a la madre naturaleza, o tal vez algún destello de artillería pesada. Margara cogió la gata para que no se mojara, le puso tranca a la puerta y le dijo a Francesca:
–Ese está más tostao que la madre que lo parió. —
© Roberto López

