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La Jueyera / Félix M. Ortiz Vizcarrondo

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A Gildred, Berto, Felipe y Helena Beatriz

Don Heriberto Conde Font tenía un carro compacto marca Mazda.  En aquel automóvil viajábamos a Ponce todos los santos días como pasajeros Quique Betancourt, Julio C. Delanno y yo.  Era nuestro medio de trasporte para llegar al trabajo.

Aquel fue un auto muy peculiar. Las puertas del lado del conductor se amarraban con una media militar, la llave para prender era un alambre de gancho de ropa.  El piso, si hubiese sido una embarcación, dejaría ver el fondo marino.  En fin, para abreviar, su dueño lo llamaba con el sofisticado nombre  de “La Jueyera”.

Aquel año, en la base militar Fort Allen tenían acuartelados y fuertemente vigilados a un grupo de hermanos haitianos en condiciones inhumanas, tal como si fuera un campo de concentración. A aquellas personas de piel negra se les penalizaba por intentar refugiarse ilegalmente en los Estados Unidos.

En uno de los viajes diarios a Ponce ocurrió que a La Jueyera se le vació una goma, justamente frente a la entrada de Fort Allen.  Para abrir la puerta desamarré la media militar y salimos del carro sosteniendo el calcetín en mis manos.  Conde saco del corroído baúl una bomba de aire para llenar gomas de bicicletas.

Justo cuando iba a conectar la bomba al pistilo de la goma vacía, salí corriendo y me fui huyendo esmandao carretera abajo.  Confundidos por mí inesperada acción, Conde, soltó la bomba y junto a los demás corrieron detrás de mí temiendo lo peor.  Cuando lograron darme alcance, Conde me gritó con voz agitada,

—Negro ¿qué diablos pasa, qué pasó?—

—¡Sálganse de ahí enfrente que van a creer que nos escapamos y nos van encerrar allá adentro!—

© Félix M. Ortiz Vizcarrondo

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