En las oficinas de la Liga Atlética Policíaca, Hipólito y Concepción admiraban las fotos colgadas en el tablón de anuncios. Eran las fotos de Julio Llera y Rolando Cruz, dos glorias del deporte salinense que con sus saltos rascaron al cielo. Aquellas fotos, en blanco y negro, como rayos de luz iluminaron la mente de aquellos niños y despertaron en ellos la pasión por el deportes.
Querían triunfar y alcanzar la gloria tal como lo hicieron sus héroes y con la ayuda del sargento Mariano López se enlistaron en los deportes patrocinados por la Liga Atlética Policíaca. Fue vano empeño porque ni siquiera lograron alcanzar mediocridad en béisbol y atletismo, y para colmo, tampoco brincando la peregrina.
Continuaron con su afán de triunfar y decidieron probar el pugilismo y con esa idea fueron a donde míster Pagán, el promotor de boxeo del pueblo. En su cuadra míster Pagán tenía los mejores boxeadores de La Playa y Las Mareas. El maestro quiso probar sus destrezas y los llevó al parque del pueblo, donde usaron la cancha de baloncesto como cuadrilátero. Con una ficha al aire se decidió que Concepción debía enfrentarse a Kid Mongo, un joven anémico y de poco rango entre los boxeadores locales.
Durante el combate Concepción llevaba la mejor parte. En un amarre, Mongo le mordió la tetilla derecha y la punzante dentellada hizo que Concepción brincara más que un canguro mientras cantaba un rosario de maldiciones. Tan y tan alto brincó que chocó la chola contra el aro de la canasta que en aquel tiempo estaba fijado en el tablero a once pies de altura, violando la altura reglamentaria de diez. Míster Pagán, al ver la proeza del espigado muchacho, le regaló una bola de baloncesto y le dijo que se olvidara del boxeo, y allí se quedó Concepción con su buen amigo Hipólito, sumergido para siempre en el mundo del basketbol. Y no olvidemos a Mongo, que a pesar de apuntarse su primera victoria, fue recompensado con una flor de patada en el culo.
En el verano de 1974, un OVNI sobrevoló a Santurce. Ese mismo día en Salinas pasaron cosas raras. Desafortunadamente no tengo prueba contundente como las del OVNI de Santurce captado en un video que hay en YouTube. Sólo tengo el claro recuerdo que comparto sin rebozo de lo que sucedió una noche enojada en mi pueblo natal.
La fraternidad Eta Epsilon Sigma patrocinaba con excelencia el deporte juvenil y auspiciaba la liga de baloncesto en honor a Sergio M. Rivera. Ese año en la serie de campeonato, Bella Vista, encabezados por Hipólito y Concepción, se enfrentaron a la Fraternidad. Los fraternos eran unos bonachones, excepto durante los 40 minutos de juego, cuando se convertían en ballenas asesinas, repartiendo golpes a todo el que se le cruzara en el camino a la victoria.
La serie final era de tres juegos y en el primer juego los fraternos le dieron una paliza a Bella Vista, ganando por más de treinta puntos. Hay que admitir que eran seis contra cinco, pues el árbitro era un neófito que vestía con dos tenis zurdas, un viejo mahón y un saco de los que alquilaban en la funeraria. Aquel tipo era una orca ciega que se tragó el pito y sólo respondía al canto de las ballenas.
Después del juego, los fraternos confiados en su ventaja física y sus malas mañas, pensaron que el campeonato ya estaba en sus manos y que todo era cuestión de trámite. Para las ballenas asesinas, Bella Vista era un equipo de flacos estirados, de vientre hundido y ojos sobresaltados tal como el pez congrio en tiempo de hambruna. Con esas razones se fueron a su casa club que quedaba en El Campito, frente al negocio de Don Maloyo, al lado del salón de belleza de Doña Franza. La cosa es que se llenaron la panza de gandinga con “pan sobao” y se bebieron hasta el agua de los floreros.
Al otro lado del pueblo, los jóvenes de Bella Vista, tristes y achochados, cargaban en sus brazos a Hectitol y lo llevaban para el apartamento de Genovesa, la curandera, para que lo sanara de una lesión en el tobillo. Aquella señora era especialista curando “mal de ojos”, limpiaba con huevos, santiguaba heridas de los huesos, sanaba corazones heridos, y por si eso fuera poco, también planchaba ropa.
Luego de recaudar los dos pesos necesarios para pagar por la intervención, los muchachos entraron al apartamento de la curandera y el fuerte olor de ajiaco fermentado se les metía por los poros y les aguaba los ojos; aún así tragaron saliva porque tenían curiosidad de ver el poder curativo de aquella mujer. Ella empezó la ceremonia masticando tabaco y escupiendo en una palangana. Luego de cinco salivones de tabaco, añadió alcoholado, vinagre, Palo Viejo, cal y disolvente de pintura. Cogió la mezcla y se la aplicó al tobillo de Hectitol, y mientras le sobaba el tobillo invocaba deidades y de vez en cuando escupía en la palangana para mantener la consistencia de la mezcla. Según Genovesa, todo fue un éxito, aunque el tobillo de Hectitol parecía un jamón cocido.
A Walter se le ocurrió preguntarle por un remedio para la mala suerte y ella por ganarse un peso accedió a darles el baño de la buena fortuna, violando el segundo mandamiento de las leyes de Ifá. Todo ocurrió como falsedad mal ensayada. La curandera cogió buches de un jarabe maloliente y roció a los muchachos a diestra y siniestra. Pachuco, un niuyorican que no comía cuentos, perdió los sesos cuando un salivón le cayó en el afro. Genovesa quedó muy enojada y se le pusieron los ojos como de zombi, cosa que asustó a Cotón y a Yoyito que se tiraron de aquel segundo piso para caer ensartados como carne al pincho en el tendedero de ropa. Se formó un “sal pa’ fuera” que del susto Hectitol quedó sano y fue el primero en salir de aquella olla de grillos.
Después de cada juego, era costumbre ir a comprar los limbers más ricos del mundo a casa de Vicenta. Aquella señora tenía unos surcos en el rostro que contaban una vida difícil y una mirada que destilaba hielo. Pero esa noche todo era distinto y su habitual abstinencia de emociones fue sustituida por unos ojos que brillaban de satisfacción. Parecía disfrutar de algún momento, un inexplicable placer pasado o presente, que a su tierna edad los muchachos no podían entender.
Vicenta, por pura telepatía, ya sabía de la derrota de los jóvenes. A flor de labios les dijo que sólo quedaba un limber. Uno muy especial que tenían que compartir para que cada uno tuviera la oportunidad de participar y disfrutar del suculento sabor a gloria. Fue el último limber que vendió Vicenta, pues esa noche se fue para nunca volver, y nadie le vio la cara a su amante pero dicen que era un coloso vejigante.
Los doce jovenzuelos se fueron a la cancha del caserío y allí disfrutaron del sabroso manjar que pasaban de mano en mano, sin vacilación y confiando en los demás, hasta que se hartaron y les entró un sueño cañón. Y poco a poco se esparcieron, dejando solos a Hipólito y Concepción, que tirados en la cancha contemplaban el cielo.
A la media noche, ocurrió un apagón y el cielo se lleno de estrellas. Una estrella fugaz cayó sobre el cañaveral y Concepción, como deseo pidió un campeonato, mientras Hipólito luchaba con la duda de si la estrella era de buena suerte o de las que caen con el toque de la tercera trompeta del Apocalipsis.
Luego sintieron un intenso temblor de tierra que con el desgarro le bajó el escote a Las Tetas del Collado. La espectacular simetría incitó al brusco viento, que se deleitó mientras la vieja Luna sintió despecho y se ababachó. El pueblo quedó en penumbras…
Al otro día, los dos amigos se levantaron temprano y se fueron a practicar a la cancha del pueblo. En el camino dejaban un olor de ajenjo con bacalao pues no se pudieron bañar porque cortaron el suministro de agua. Practicaron todo el día porque descubrieron que el temblor de tierra dejó el aro del canasto un poco inclinado, no tanto como en “Samundia,” donde el desnivel de vida desequilibra la balanza de la justicia, pero más o menos así como la insensata balanza de un carnicero pillo, y por ende, decidieron guardar el secreto y aprovechar la oportunidad.
Por fin llegó el comienzo del segundo juego y cuando terminó la primera mitad, los fraternos tenían una ventaja de 30 puntos. En el periodo de descanso se apiñaron y entonces fue Papo El Grande, que era un tipo callao, y a todo pulmón dijo – ¡Puñeta! Pasen la bola – y Georgie, el otro niuyorican, añadió –“Yea Bro, like the fucking limber que nos chupamos anoche”. Y ese fue el umbral del camino a la victoria.
Para no abundar en detalles técnicos, digamos que en una metamorfosis imprevista e inesperada, las ballenas asesinas se convirtieron en focas de circos y los peces congrios en fieras anacondas….
Bella Vista Campeón – 1974. Meses más tarde, para nuestro orgullo, Concepción firmó con los Brujos de Guayama en la Liga de Baloncesto Superior de Puerto Rico.
© Roberto López
