En 1950 mi familia se mudó del Caserío Francisco Modesto Cintrón a la casita #91 de la calle
Más al oeste, en la otra orilla, está Borinquen, el mítico y legendario barrio de gente con fama de ser pendencieros y con los consabidos estigmas de las barriadas pobres. Pasando el tiempo, comprendí que ese indeseado prestigio surgía de la conducta desordenada, y a veces ilegal, de unos cuantos de sus moradores. La mayoría simplemente eran personas desprivilegeadas golpeados por un entono agresivo, viviendo la vorágine de la pobreza y luchando por sobrevivir dentro de una sociedad que los excluía de las limitadas oportunidades de empleo.
En esa barriada mítica salpicada por la violencia moraba El Rubio, con fama de guapetón, de peleón y de comerse los niños crudos. A ese personaje prepotente más de un chico le temía y le huía como el diablo a la cruz.
Aunque solía defenderme tenazmente, cuando surgían discusiones prefería ganarme la amistad de todos y evitar las peleas y los enfrentamientos físicos, tan comunes en las barriadas.
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A casi todos lo muchachos de la Ciudad Pérdida y de Borinquen nos gustaba jugar a la pelota. Utilizábamos para el juego un área aledaña al río. Era más bien un banco de arena suficientemente espacioso para jugar béisbol. La bola solía ser de goma, el bate cualquier pedazo de palo redondo, los guantes la mano pelá y las bases un pedazo de cartón. La más de las veces, como éramos pocos jugadores, se usaban dos bases en vez de tres.
Una tarde estival, estábamos jugando a la pelota cuando llegó el temido Rubio y trató de armar una bronca conmigo. Yo rehusaba por todos los medios y él insistía. Los muchachos me incitaban para que peleara con él, pero yo temeroso me negaba. Era tanto el miedo que le tenía que estaba pensando abandonar la escena como tantas otras veces lo hice. Los muchachos insistían, -no seas zángano pelea.
Ante tanta insistencia, no me quedaba más remedio que recibir una golpiza de El Rubio. Mi orgullo estaba herido. Así que me armé de valor y como gato acorralado por un perro me decidí a pelear.
Sin darle aviso le di un puño en la cara, forcejeé y caímos al suelo. No sé de dónde saqué fuerzas, la adrenalina estaba en el tope. Me le trepé encima, puse mis rodillas sobre sus hombros y le di más de quince golpes corridos en la cara. Se la puse como un tomate. El trataba de zafarse, pero no podía.
La pelea fue tan dispareja ante mi despiadado ataque que me lo tuvieron que quitar. – ¡Déjalo que lo matas!, – gritaban algunos. Otros decían, –dale más para que aprenda.-
Cuando me di cuenta que estaba indefenso dejé de golpearlo. El Rubio de Borinquen se alejó cabizbajo, “achichonao” y con su orgullo herido. Parecía una sombra tambaleante que caminaba hacia Borinquen.
Con la frente en alto sentía la corona de laurel en mis sienes. Celebré justamente el triunfo junto a los amigos quienes me llenaron de elogios.
El Rubio nunca más me amenazó y hasta me cogió miedo. No me aproveché de la nueva situación; por el contrario, actuaba con cautela. Al cabo de un tiempo nos hicimos amigos y compartíamos esa amistad sin rencores.
Desgraciadamente, El Rubio de Borinquen sucumbió ante la bebida y murió alcoholizado.
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 25 de octubre de 2009

