El perro lamió su cara. Christian abrió los ojos a un nuevo día. Aquel chingo sarnoso subió a la cama y con el hocico lo empujaba hasta provocarle cosquillas.
-¡Lobo deja! Ja, ja, ja…déjame dormir un ratito más.-
Las partículas de polvo viajaban en cada rayo de sol que visitaba la alcoba. ¿Dije alcoba? Sí, hay una cama, un gavetero con espejo roto y puertas abiertas con trapos colgando. Sobre la mesa de noche: un televisor. El control remoto está en algún lugar, debajo de la ropa sucia o limpia que había sobre la cama que muy bien podría ser almohada o cobija. Paredes sin empañetar, ventanas sin mochetas. Un espacio abierto entre el plafón y las paredes dejaba el camino libre para las ratas que se ocultaban en los huecos de los bloques de aquella construcción a medio terminar.
-¡Jau!- ladró con firmeza Lobo como quien demanda acción inmediata.
-Está bien. ¡Voy ahora!-
Christian agarró el primer pantalón que encontró y seleccionó una camiseta, la menos manchada. Buscó debajo de la cama unos calcetines entre todo lo que había allí: papeles, servilletas, pañales sucios, botellas, ropa. Pudo conseguir las que llevaba usando hace tres días, las otras medias rodaban por allí sin sus pares. Se metió dentro de sus Converse y con un emplasto de gel quedó peinado.
Caminó hasta el cuarto adyacente. Allí dormía Tina, a medio vestir, con un hombre grande y barrigón. No lo pudo reconocer, pero sus pies descalzos sobresalían de la cama. Se acercó a la mujer y la examinó detenidamente. Todavía estaba maquillada. Tenía agujeros con brillantes en la ceja, nariz, labio y tres más en la oreja. Su espalda era un mural con soles, luna y estrellas.
El cuello marcado, igual sus brazos con cicatrices pasadas.
-Está respirando- pensó con tranquilidad.
Del piso recogió las latas de cerveza y en un vaso plástico vació el contenido de una botella.
-Si lo guardo en la nevera Tina se va a alegrar. Tendrá algo pa tomar y así no tiene que oler la nieve esa que la pone loca ni puyarse la medicina que la deja como una zángana,- así pensaba mientras caminaba hacia la cocina.
La nevera salpicada de condimentos se había quedado medio abierta, no porque estuviera llena, es que la puerta está fuera de sitio.
-Cuando Tío Toño vivía con Tina, de un halón la sacó de sitio. ¡Ja! Se emborrachaba y aflojaba la cartera como dice Tina. Me compraba dulces y refrescos, -¿te acuerdas Lobo?- Yo no sé por qué Tina se enojó tanto aquel día. El dijo que iba a enseñarme a ser hombre. ¡Me iba a dar cinco pesos! Todo lo que tenía que hacer era no decirle nada a Tina, pero ella llegó más temprano y lo botó. -¡Parecía una puta corriendo!-
El fregadero estaba desbordado de trastes aunque no tanto como el zafacón de basura. La cocina era todo un jardín donde florecían calderos, platos, tazas, vasos, cartones, botellas de ron, cervezas a mitad, latas vacías. El escenario adquiría un colorido particular cuando en lugar de mariposas, las moscas y los gusanos devoraban las sobras de unos espaguetis de pote que coronaban la montaña de platos sin fregar.
Sobre la mesa la mitad de una hamburguesa con papas.
-¡Comida!- Sacudió las hormigas y tratando de hacer el menor ruido posible buscó en una lata de galletas sobrecitos de ketchup para las papas. También los tenía de jalea y de esa salsa china.
Se acomodó como pudo en el sofá, también florecido, a devorar aquel reciclado manjar, mientras escuchaba en la radio un vacilón de la mañana con un “watagata pitusberry, what”. La discusión entre el locutor y los radioescuchas giraba en torno a la sexualidad. No era del todo edificante pero Christian memorizaba los chistes. Así en la primera oportunidad, podría lucirse ante las amigas de Tina, en esas fiestas que hacían a cada rato. El llanto de un bebé hizo que terminara prontamente su banquete. Era su hermanita. Olvidó sacarla de la cama.
-Tú ves, Lobo, por estar jugando contigo se me olvidó Katiuska-
Tomó la niña en sus brazos y salió corriendo por la cocina a llamar a su vecina.
-¡Lucy! ¡Lucy!-
-¿Qué pasó, Christian?-
-Es que Tina tiene migraña, está dormida y yo voy pa’ la escuela. A ver si te puedes quedar con Kati en lo que Tina despierta.-
-Esa mai tuya… ¡Qué migraña ni ocho cuartos! Está pasando la borrachera de anoche o debe estar empepá. Ya ni Servicios Sociales la asustan. Le hace el cuento al alcalde y rápido la sacan del apuro. ¡Dame acá esa muchachita, que por lo menos me distrae y lárgate pa la escuela antes de que me arrepienta! Si por lo menos agradecieran, pero esa mai tuya es la estaca de las pu…-
-¡Mira! ¡Te conseguí cigarrillos!-
-¿De dónde tú sacaste eso?-
-Se los tumbé al gordo amigo de Tina-
-¡Coño! Por lo menos sirves para algo. Está bien, lárgate. Aprende a leer y a sumar, a restar ni pal cará. A ver si por fin pasas a segundo grado.-
Christian tiene ocho años, fracasó en primer grado. Con suerte lo van a referir a Educación Especial, pero al sicólogo que lo evalúo lo cesantearon igual que a la Trabajadora Social.
Mientras corría para no llegar tarde, pensaba cómo excusar a Tina con la maestra, porque a falta de conserjes, los padres se turnaban para limpiar el salón en los fines de semana.
-¡Claro! A Tina la migraña no la dejó llegar, esa es buena…-
-Pla, pla, pla, pla…- Helicópteros de la policía sobrevolando el área.
-¡Agua! ¡Agua!- se escucharon voces.
Christian mira al cielo poblado de aves mecánicas y como una dulce plegaria se le escapa desde lo más profundo, la luz de los sueños. Se crece, enajenado al barullo a su alrededor con el único afán de ser, simplemente ser. Ser el hombre, jugar al héroe, cruzando el arco iris de colores opacos, llegar al final y que el tesoro en lugar de botín de sangre sea limpio como el agua del manantial. Soñando grande con pies pequeños.
-¡Cuando yo sea grande voy a guiar uno de esos! ¡Agua! ¡Agua!
Pepín ama a Lobo. Lobo ama a Pepín. Pepín ama a mamá. Mamá ama a Pepín.
© Marinín Torregrosa Sánchez

