Sus manos quedaron abandonadas una tras otra sobre el machete y la azada. Unos ojos impregnados en una ficha de domino miraban sus cayos desvanecerse en los roces con la mesa aceitosa manchada de carbón. El olor de su camisa a lechón asado era la seña de la última chiripa, porque le prohibieron cortar los árboles de mezquita para realizar la labor que sustentó su hogar por más de treinta años. Una noche hundió su cuerpo en la hamaca y se puso a pensar.
–¿Por qué rayos no me dejan hacer mi labor? Cuando construyen urbanizaciones los queman y los desperdician.
Don Bache era pobre y un día decidió hacer su casa semejante a una pirámide egipcia en las orillas del río Abey. Uno a uno recogió todos los árboles secos y los acomodó en un inmenso cuadro. Luego con la paja y la tierra donde hacia el preciado combustible, construyó unas paredes dejando el techo hueco en el centro y una pequeña entrada. Al siguiente día llegó un agente de la policía y bajando el malecón preguntó:
— ¿Quién hizo esa inmensa hoguera?
En esos momentos el anciano con una antorcha incendió la estructura y cuando el agente lo amonestó, él contestó:
—No es una hoguera, es el hogar que construí durante más de treinta años y perdone no tener dinero para la seguranza.
El policía se marchó y madrugando al otro día, Don Bache recogió más de cincuenta sacos de carbón y los vendió en la plaza de mercado. Emérito le guiño un ojo y sonrió.
©Edwin Ferrer 01/27/2010

