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¿Dónde se ha escondido el Hombre? / Josué Santiago de la Cruz

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Ayer fue Haití y los fundamentalistas (religiosos), que viven en maridaje (en concubinato, sería mejor decir, porque en estas cosas, más que en otras, hay que usar el lenguaje como Dios manda) achacaron aquello al demonio que allí (en el país sepia), según sus dislocadas percepciones, tiene su centro operacional.

Hoy le toca su turno a Chile, escenario del más cruento e inhumano asesinato, porque se mató la esperanza y la voluntad de un pueblo, expresada en las urnas (derrocamiento de Salvador Allende), con el auspicio del gobierno Norteamericano, a plena luz del día, hace tantas décadas en el pasado (11 de septiembre de 1973) que ya ni los asesinos recuerdan sus actos.

Chile, el otrora más democrático de los países al Sur del Río Grande, acaba de sufrir un golpe demoledor. Un movimiento telúrico de unos 8.8 en la escala Richter, que es casi como decir una sacudida apocalíptica, capaz de ponerle término a la vida, como hoy le conocemos.

¿Qué produce estos terribles acontecimientos que parecen estar tan fuera de nuestra esfera de poder y razonamiento que nos convierte en especies en serio peligro de extinción?  ¿Cómo hemos permitido que los gobiernos, como bestias mitológicas, nos chupen la sangre y nos obliguen a vivir bajo el yugo agonizante del terror y la inacción?

Escuché a un experto en “desastres naturales” decir que en las costas de Chile, en algunas porciones, el fondo del mar colapsó.

Eso, que dicho así, sin sustanciar, como el que cuenta un chiste, parece ser un gran tema para un largometraje alarmista, al estilo Hollywood, me llevó a Godreau, en aquellos, mis seniles años, de estudiante moroso, cuando en 5to o 6to grado, Gudelia Colón (Mrs. Colón) nos contaba que en las profundidades del planeta corren ríos caudalosos e inmensos océanos, inagotables, según ella, de aceites.

Aquello cautivó mi imaginación y hoy, con un poco más de madurez y otro poco, nada más que un poquito, de conocimiento, es motivo de seria preocupación para mí, porque lo que era “inagotable” para la ilustre educadora de mi pueblo, ya fallecida, hoy se dice que en 50 años (¿Qué son 50 años para un recién nacido?) no quedará ni una gota de aceite natural en las entrañas de la Tierra y las cavidades enormes por donde una vez se desplazó todo aquel caudal comenzarán a desplomarse [eso lo digo yo], a colapsar, como dijera el susodicho experto, haciendo del entonces robusto y fértil planeta en que vivimos algo semejante a una superficie de materia inhabitada e inhabitable en el vasto universo.

Para controlarse así mismo, para ponerle freno a su inagotable voracidad y a su tendencia febril a la violencia, el hombre, y digo el hombre, y no la mujer, porque entonces era el hombre, y no su consorte, el que hacía y deshacía, creó la sociedad, la reglamentó y la legitimó. En otras palabras, creó el gobierno y toda esa cosa represiva que es la espina dorsal que lo mantiene irónicamente erguido sobre sus pies. Pero ahora su creación se ha convertido, no en mal necesario, como los demagogos acostumbrar a calificarlo, sino en un mal con todas las potencialidades y demostraciones concretas de lo que en final de cuentas es: una Bestia a la que se hace necesario (porque en eso nos va la vida) doblegar, ya que se ha vuelto indomable e indomesticable.

Hoy los hermanos chilenos, ayer y hoy los haitianos y en las calles y avenidas de USA las grandes minorías empobrecidas del más rico país de la Tierra, sufren en carne propia y a viva voz expresan ese sufrir, mientras el causante de ese dolor hace simulacros de solidaridad, reparte alimentos y otras provisiones para seguir haciendo daño impunemente.

¿Qué hacemos nosotros que no nos rebelamos?

© Josué Santiago de la Cruz

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