Con el correr del tiempo fueron desapareciendo muchos oficios en Puerto Rico. Otros se han reducido a la mínima expresión. Tal es el caso de los limpiabotas. En el pueblo de Salinas los limpiabotas desaparecieron por completo. Ya no se escucha la interpelación: míster, ¿va a brillar? Frase que se convertía en míster, ¿shoe shine?, cuando llegaban soldados americanos o santomeños a entrenarse en el campamento militar de Salinas.
Ya no pululan en la plaza de recreo del pueblo aquellos jóvenes, mayormente entre 10 y 17 años, con los dedos untados de betún y prestos a hacer una maldad al primero que pasara por sus dominios.
En el tiempo de los limpiabotas abundaban en Salinas los llamados personajes típicos. Casi todos tenían sobrenombres o estaban un poco o totalmente tocados de la mente. Los limpiabotas eran especialistas en molestarlos, llamándolos por los sobrenombres indeseados o gritándoles algún improperio. Lo hacían por el gusto de verlos enojados o para provocar, las más de las veces, que devolvieran los insultos con frases altisonantes, o que persiguieran al provocador con palo en mano o cualquiera otra arma improvisada.
El limpiabotas procedía de familias pobres, como lo eran la mayoría de las familias salinenses. Hoy les llaman, queriendo minimizar el hecho de la pobreza en un país que se las da de rico, “familias de escasos recursos”. Sin embargo, tanto en el Puerto Rico de ayer, como en el de hoy, hubo y hay muchas familias pobres donde abundan los recursos. Recursos de amor, de inteligencia, de unión familiar y de moral.
Los limpiabotas eran jóvenes traviesos, algunos de ellos peleones, pero sobre todo eran jóvenes libres, luchando contra condiciones de pobreza, en algunos casos de pobreza extrema. Muchos de ellos eran personas inteligentes que después se convirtieron en trabajadores y profesionales exitosos. Otros, desgraciadamente, con el correr de los años, cayeron en los vicios del alcohol o las drogas y sus vidas se han derrumbado totalmente.
Al limpiabotas se le consideraba un títere, y no un trabajador. Sin embargo, muchos de ellos, aunque traviesos, eran afables y de buen corazón, a pesar de las duras circunstancias que rodeaban sus años juveniles. Aquellos corazones juveniles palpitaban al compás de los tiempos que se vivían en Salinas. Eran los años del “Salinas Training Area”, el hoy llamado Campamento Santiago de la Guardia Nacional. En ese campamento se entrenaban los soldados para la guerra y tras los soldados, llegaron al pueblo los antros de prostitución. En sus velloneras resonaban las voces de Felipe Rodríguez y de José Antonio Salamán, el cantor del pueblo. Eran tiempos de pobreza, frustraciones, escasez de trabajo y de pocas oportunidades educativas. Los limpiabotas no éramos ni mejores ni peores que los demás jóvenes de Salinas.
En las décadas de 1950 y 1960 existian en la plaza de Salinas dos grupos de limpiabotas, ambos alineados en la acera de la plaza que da a la calle Luis Muñoz Rivera. Un grupo tenía sus cuarteles establecidos en el extremo norte, calle Muñoz Rivera esquina Monserrate y el otro en el extremo sur, calle Muñoz Rivera esquina Unión, hoy calle Santos P. Amadeo.
A propósito, ese cambio de nombre me resulta incomprensible. Denota que los que efectuaron el cambio, y en el pueblo en general, una falta de conciencia histórica. Nadie protestó el cambio. El pueblo no alzó su voz para oponerse. Y no es que el ilustre salinense. Dr. Santos P. Amadeo, licenciado en derecho, afamado criminalista y constitucionalista e ilustre profesor universitario, no tuviera los méritos necesarios para que su nombre fuera perpetuado en la memoria de sus compueblanos. Me atrevo a aventurar que el propio doctor Amadeo, por su conciencia histórica, no hubiese consentido ese cambio. Ya se construirían otras calles en Salinas y otros proyectos que podrían tener el nombre del benemérito salinense. De la misma forma cambiaron, sin ton ni son, el nombre de otras calles del pueblo. Lo correcto es ser fiel a nuestros antecesores y restituir esos nombres.
Yo tuve el privilegio de limpiar zapatos en ambas esquinas de la plaza. Digo privilegio porque la rivalidad entre ambos grupos de limpiabotas era patente. Si se pertenecía a un grupo, no se podía limpiar zapatos en el otro. La línea divisoria era el centro de la plaza y esa línea se respetaba. El que cruzara ese paralelo se exponía a insultos y blasfemias y en el peor de los casos a una tunda.
Un poco antes de finalizar la Guerra de Corea hice mi incursión en el mundo del brillado de zapatos. La guerra finalizó en 1953. Mi estadía en esos menesteres duró unos cuatro o cinco años. Comencé en la esquina del norte. Éramos bastantes los limpiabotas compitiendo por una clientela no tan amplia. El recién llegado apenas tenía clientes y era mirado con recelo por los demás. El brillo se pagaba a cinco centavos por par de zapatos. Los zapatos blancos y los blancos y brown o blancos y negros se limpiaban por mayor precio.
Los sábados era el mejor día para limpiar zapatos. La gente cobraba sus salarios y había jolgorio en el pueblo. Los campesinos bajaban de los barrios a hacer sus compras y por lo tanto había mayor clientela para el brillo. Los más acaudalados limpiaban sus zapatos semanalmente y el limpiabotas los recogía y entregaba en las casas. Esta tajada se la llevaban los más expertos en la labor.
Cuando llegué a esa esquina en mi plan de libre empresario había allí unos monstruos del cepillo, el líquido, el betún, el alcohol, el paño y la pasta. Estos eran los artículos básicos para limpiar zapatos. El líquido se preparaba mezclando con agua un sobrecito de anilina brown o negra que se compraba en la farmacia. Se usaba una caneca de ron como envase. El alcohol y el betún también se compraban en la farmacia. El mejor betún era el de marca Griffin. La pasta se usaba para limpiar los zapatos blancos. Era una sustancia blanca que venía en un tubo como la pasta de dientes. El zapato blanco se lavaba con un cepillo de dientes y un poco de agua para sacarle el sucio. Luego se le untaba la pasta con ese mismo u otro cepillo, se dejaba secar un poco. Luego se le sacaba brillo frotando la piel del zapato con el mismo cepillo de dientes.
El más famoso de los limpiabotas, para ese entonces, era Vitín, el hijo de don Teo, aquel no menos famoso vendedor de dulces típicos puertorriqueños. Sus dulces hacían las delicias de grandes y chicos en Salinas. Don Teo hacía y vendía tirijalas, bolitas de coco, dulce de cocos, alfeñiques, mampostiales y otras delicias del paladar. Para salir a vender los dulces usaba un carro de madera con ruedas grandes y un mango empujado por el mismo. ¡Qué dulces aquellos los de don Teo!
Después de su retiro como limpiabotas, Vitín trabajó como dependiente en el colmado de don Juan Rivera, ubicado al lado de la plaza de mercado. Muchos años después fue dueño del cafetín que está al lado de la Funeraria Monserrate, en el barrio Las Marías.
Vitín acaparaba la mayor parte de la clientela. Le sacaba un brillo a los zapatos que hacía que deslumbraran. También tenía una habilidad inusual para brillar los zapatos blancos, los blancos y brown y los blancos y negros. Este último tipo de zapato tenían unos adornos en forma de círculos pequeños cortados en la piel del zapato y la moda era pintar esos rotos de blanco. Para esto se usaba la pasta y un palillo de fósforo. Vitín era un experto en esos detalles. Yo nunca puede hacer bien esa tarea. Vitín además era una persona seria y un estudiante brillante. Tenía un paño de brillar “curao” para el brillo de los zapatos brown y otro para los negros. Eran de tela de pantalón kaki de unas doce o dieciocho pulgadas de largo por cuatro o cinco de ancho. Aquellos paños brillaban como los zapatos. Ese tipo de paño para brillar zapatos luego fue sustituido por el paño de lana o balleta, como le decíamos.
Don Teo tenía otros dos hijos que limpiaban zapatos en la esquina norte, Santín y Rafa. Rafa se dedicó después a vender el extinto periódico El Mundo. También ejercía su oficio allí Abraham, por sobrenombre Picúa, quien era de la Playa. Eran del grupo además Rey y Toño, los hijos de Domingo Ortiz, apodado Mingo el Cabro, y Gume, el hijo de Tibidabo. Completaban aquella pléyade de jóvenes Rumildo y Rolando Cruz, quienes luego se destacaron como atletas de fama internacional, Johnny y Efrén Manzanet, un muchacho al que le decían Sabú, al parecer del Campito, y Víctor, por sobrenombre Corino. Este último era de la Joya. El barrio La Joya estaba localizado al cruzar el Río Niguas, a lo largo de la quebrada que discurre entre los cerros Modesto y Caroberto. La Joya fue uno de los barrios que desapareció luego de establecerse el campamento.
Yo comencé a limpiar zapatos con Ariel, otro de los hijo de Mingo. Recuerdo que lo planificamos y el mismo día fabricamos las cajas de limpiar zapatos, es decir, las limpiabotas. Comenzar a trabajar como limpiabotas fue traumático para mí por dos razones. Primero me daba vergüenza que me vieran limpiando zapatos porque esa era una labor que se consideraba cosa de títeres irrespetuosos y peleones. Segundo porque sentía temor, pensaba que la incursión en el negocio me podía costar una tunda. Creía que iba a haber resistencia de parte de los veteranos. Yo me crié frente a la plaza y los limpiabotas me conocían. Pero ahora, iba a competir por sus clientes y por tanto las cosas cambiarían. Sin embargo, allí estaban Rey y Toño que eran mi familia y los Manzanet, que nos tratábamos como tal. También estaba Ariel, que se fajaba con cualquiera. Además, nosotros no éramos competencia para aquellos veteranos. Así que mis temores se disiparon rápidamente.
Los limpiabotas que nombré estaban casi en la edad de retiro de esta faena. Pero continuamente iban llegando otros más jóvenes. Así llegaron los hijos de Pepe Seda, Tatito y Tilili. Pepe Seda tenía una tienda de enseres eléctricos, muebles y otras mercancías en la calle, frente al lado norte de la Plaza de Mercado y al lado del colmado de don Juan Rivera. También hicieron su incursión como limpiabotas en esos años y en esa esquina mis hermanos Dante y Koko. Ellos fueron limpiabotas por muy poco tiempo.
Además ejercieron el oficio en la esquina del norte Efraín, José y Juaniquillo, hijos de Tibidabo. Otros fueron, Ernesto por sobrenombre Chamorro, el hijo de Ernestina y Toño, el cantador de Rosarios de Cruz, Lalo y Mitchell, hijos de Geníbera que vivía en el Pueblito y era costurera. Geníbera se distinguía por coger ruedos “tubi time” a los pantalones de hombre. Lalo, Mitchell y Chamorro eran sobrinos de Cacho. Cacho era un personaje típico que se distinguía por sus cánticos. Tenía un repertorio de canciones, algunas de ellas pornográficas, que hacían el deleite de los que lo conocían. En ocasiones, Cacho dejaba de beber y en esas etapas de sobriedad se convertía en una persona muy seria y amable. Decían que era sumamente inteligente. Murió ahogado en el Río Niguas.
Como limpiabotas en esa esquina estuvieron también Toño al que apodaban Moto, por sus ojos adormilados. Este se convirtió en un jugador de topos y barajas. Era limpiabotas también, en aquel entonces, un muchacho del caserío Francisco Modesto Cintrón que le apodaban Barrilito. Era zurdo y nadie le ganaba a pelear. Del caserío también estaban Jesús Correa, apodado Q y el famoso Alejandro Máquina. Alejandro aparentaba tener cierto grado de impedimento mental, pero se desempeñaba muy bien como limpiabotas y era una buena persona. Por su condición los demás compañeros lo molestaban mucho.
También del caserío estuvo como limpiabotas por poco tiempo Rubén Sánchez. Rubén es de las personas más inteligentes que yo he conocido en mi vida. Estuvimos en la escuela juntos casi desde primer grado. Que yo recuerde, nunca sacó una B en un examen, siempre sacaba A. El, otros compañeros y yo nos ganamos una beca para comprar ropa escolar. Nos daban al año $35.00. Increíblemente, ese dinero daba para comprar dos pares de zapatos, camisas, pantalones, ropa interior y todo lo necesario para un año escolar.
También del caserío Modesto Cintrón vino a limpiar zapatos mi entrañable amigo y compadre Edwin Luna Colón. A Edwin le decían Torito o Toro, porque imitaba a la perfección a José Miguel Agrelot en su famoso personaje de Torito. El nos hacía reír a todos con sus comiquerías. Más tarde, junto a Benjamín López y Jaime Vázquez, hacían programas cómicos para presentarlos en distintos sitios del pueblo. A mí me usaban como espectador cuando estaban ensayando. Si yo me reía quería decir que el libreto era bueno, entonces lo presentaban al público. Benjamín era sobrino de Martín Núñez, el gerente de la Mueblería Fuster. Esta mueblería estaba localizada en la calle Muñoz Rivera, en el local donde actualmente hay un laundry. Jaime era hijo de Miguel Vázquez, quien era dueño de un colmado. Miguel tenía fama de ser la persona que más rápido sumaba. Una vez él me dijo que el truco era sumar de diez en diez.
Mi traslado a la otra esquina de la plaza se debió a desavenencias con algunos de los compañeros. Algunos de los limpiabotas eran peleones y a mí no me gustaban esas garatas. Así que decidí irme con mi limpiabotas a la otra esquina, antes de tener que resolver los conflictos a golpes.
No recuerdo exactamente la fecha de mi traslado a la esquina sur, pero sé que fui bien recibido. Me parece que fue para los años 1954 o 1955. Allí estuve hasta el año 1957. Ese año me retiré de limpiabotas. Así que tenía 16 años. A esa edad ya tenía novia y estaba más interesado en los estudios. Esa era la edad en que nos retirábamos los limpiabotas. En Salinas, limpiar zapatos era cosa de muchachos. Además, era un oficio que, injustamente, tenía una imagen negativa, lo que se convertía en un obstáculo para los jóvenes que querían tener novia.
Durante mi estadía en la esquina del sur me aprendí, de tanto escucharlas, todas las canciones de Felipe Rodríguez y de José Antonio Salamán. Frente a la esquina estaba el bullicioso bar La Maricutana y en su vellonera se tocaban continuamente los discos de esos dos intérpretes. La Maricutana era un Bar de prostitutas en aquel momento. En el edificio había tres negocios: la barbería de Don Ramón, el cafetín-billar El Choferito de Pepe Melero y la Maricutana. Era un edificio de madera techado de cinc al estilo español o colonial. Un incendio lo destruyó totalmente.
En la esquina sur de la plaza ejercían su función los muchachos de la playa y de la Barriada Vieja y algunos del pueblo. La Barriada Vieja es el sector del pueblo que hoy se llama Sierra Brava y que está al este de la alcaldía.
En esa esquina el rey de los limpiabotas era Ramón Suárez, por apodo Ramón Bonga. Ramón se retiró al poco tiempo de yo llegar a esa esquina. Recuerdo a Dionisio (Dioni) y Rey Charles, Enemías Morales y a Taboní de la Playa. De Taboní nunca supe su nombre, siempre se estaba riendo. De la Barriada Vieja estaban Carlos Ortiz (Colorao) y dos de sus hermanos, Cano y José, también Mariani y su hermano Che. A Mariani lo bauticé en la Iglesia Católica.
De la calle de la Playa ejercia el oficio Ángel Luis Santiago (Güi) y me parece que su hermano Dámaso. Del caserío, Panón, que era un gran limpiabotas y jugador de billar. A pesar de su edad se pasaba en Borinquen. Ademas, fue aprendiz de zapatero en la zapatería de Juan López ubicada en la calle Baldorioty, cerca del caserío Modesto Cintrón. Los mejores limpiabotas de la esquina sur eran, luego de retirarse Ramón, Dioni, Colorao y Panón. Colorao era el que más clientes tenía.
A esta esquina llegó una vez un muchacho, no se sabe de dónde, que revolucionó la forma de brillar zapatos en Salinas. Le decíamos El Peje. Era mayor que todos nosotros. Me parece que pasaba de los veintiún años. Era un tipo jovial y buena gente. Dormía en un cuarto propiedad de don Goyo, en el cocal que había en lo que hoy es Villa Verde en la Playa. Tenía una forma especial de brillar zapatos. Le ponía una horma de metal al zapato para que estuviera bien estirado y luego de haberle untado el betún le daba un masaje al zapato como queriéndole sacar brillo con los dedos. Esto, me parece a mí, hacía que el betún se incrustara en los poros de la piel del zapato y el resultado era un gran brillo.
Todos los limpiabotas de aquel momento compramos un par de hormas. El Peje ha sido el mejor limpiabotas que yo he conocido en mi vida. También el mayor comedor de limbers. Se comía dos docenas de limbers en un santiamén, preferentemente los limbers de ciruelas que hacía doña Taní, la del Pueblito. Los limbers se preparaban en forma de cubitos utilizando como moldes las cubetas de hielo. Ahora se preparan en vasos plásticos. Los limbers de doña Taní eran los mejores. El Peje desapareció misteriosamente, según llegó y nadie supo más de él.
En Salinas ya no hay limpiabotas. Igual suerte ha ocurrido en los demás pueblos de la isla. Solo quedan algunos quijotes del cepillo, el líquido, el betún, el alcohol y el paño en las ciudades grandes del país. Y no son muchachos, sino viejos, añorando quizás, sus años mozos en la noble labor del limpiabotas.
Debo aclarar que al momento de concluir este relato, luego de muchos años de no haber limpiabotas en la plaza de Salinas, un muchacho, al cual apodan Monkee, ha revivido el pintoresco oficio de limpiar zapatos en la Plaza Delicias.
Mirándolo a la distancia, creo que la experiencia de ser limpiabotas fue decisiva en mi vida y que me estimuló a seguir luchando. Allí descubrí que para salir de aquel nivel de vida había un sólo camino, el estudio. Por eso agradezco a Dios que me permitió ser limpiabotas.
©2001
El autor es un abogado civilista y ex profesor universitario de la Universidad de Puerto Rico. Fue uno de los primeros tecnólogos de alimentos puertorriqueños, profesión donde realizó numerosas investigaciones en el campo de la conservación de alimentos.
Ilustraciones: (1) Los limpiabotas-1958 Obra de Presilla de la (2) El limpiabotas de Jesús María Núñez Pérez (3) El limpiabotas, escultura de Ana Luisa Benítez que se encuentra en San Gregorio, Gran Canaria.
