Para mi amiguita Adriana
La mayoría de las brujas que he conocido vuelan en una escoba, pero hay una en particular que tenia alas. Esta bruja voladora como era diferente a las demás, se ocultaba siempre en las noches tenebrosas por la niebla del Bosque Guavate. Durante el día se subía a las nubes grises y desde allí observaba todo Cayey con sus montañas, llanos y quebradas.
Adriana estaba cerca jugando con Boris, su perro. Mamá gallina se les encrespo al perro y a la niña. Se formó un correteo y aprovechando ese momento la bruja voladora ¡zum! Bajó y agarró a los pollitos. Se alboroto el cielo y los pobres pollitos piaban sin parar.
-¡Pío, pío, pío!
Algunos se le caían y ella de un zarpazo los agarraba en el aire.
-¡Pío, pío!
La gallina regresa fatigada al lugar donde dejo sus polluelos. Grande fue su sorpresa al no encontrar sus pollitos.
-¡Cocorococo, cocorococo! ¿Dónde podrán estar? Dios mío si los escucho… ¿dónde? ¡Cocorococo! ¡Arriba! Me los llevo la bruja voladora. ¡Cocorococo!
Todos acudieron a los gritos de mamá gallina, el perro ladraba, el gato maullaba, la vaca mugía, Adriana lloraba. ¡Qué desesperación! Nadie sabía qué hacer ni cómo ayudar.
-¡Praaa! ¡Brummm! ¿Qué sucede? ¿Por qué tanto alboroto?
Era el trueno que dormía junto al relámpago y con el escándalo quedo despierto.
-Señor trueno la bruja voladora se ha llevado mis pollitos. No los volveré a ver jamás.
-¿Qué dices? Espera, esa bruja voladora y malvada no escapará. ¡Vamos en su busca Relámpago! ¡Bruuuum!
El cielo estaba cubierto de nubes grises. El trueno y el relámpago las escudriñaron una a una.
-¡Pio, pío, pío!
-¡Aja! ¡Aquí estas, bruja voladora! ¿Dónde están los pollitos? ¡Devuélvelos!
-No sé de qué me hablas.
-¡Pio, pío, pío!
Los tenía escondidos debajo de su ropa, sombrero y alas. El trueno le guiño un ojo al relámpago quien inmediatamente descargó su electrizante furia.
-¡Zas!
-¡Prrrraaaa! ¡Bruuuum!
La bruja se hizo cenizas y los pollitos caían a toda velocidad. Como una manta de colores un arco iris abrazo a los pollitos salvándolos del golpe al caer.
Los animales en el patio no podían creer lo que veían. Los pollitos cambiaban de
La gallina estaba culeca. El gallo cantó sonoramente su quiquiriquí. El sol se fue a dormir y la luna salió conmovida por el dulce canto del coquí.
© Marinín Torregrosa Sánchez
