Ayer, que te paseabas
con tu cimbreante cuerpo
por las calles de Salinas
cual guajana azotada por el viento.
Ayer, que en tus años juveniles
despreciabas mi cariño
y me desechaste cual basura pestilente
arrojada al vertedero.
Yo, en mi locura de amor,
vi como tu primavera derrochabas
malgastando tus encantos
en los burdos placeres de la vida.
Yo insistía porque estaba enamorado
aunque repetías los desprecios,
tu mirada flagelante
hería mis íntimos sentimientos
y ya no pude soportar tu menosprecio.
Me alejé,
partí a una ciudad desconocida
y aunque nunca te olvidé,
aliviaron mis angustias
el trabajo, la distancia,
y una buena mujer.
De mi juventud,
solo queda el recuerdo lejano
de la vida en mi pueblo chico,
los amigos de antaño,
la gente y las tertulias cotidianas,
los bailes, las historias pueblerinas
y tú, la hembra de mis sueños juveniles.
El tiempo transcurrió inexorablemente
y hoy cargado de años
regreso a mi nativo lar,
que atesoro en mis entrañas,
hoy vuelvo al Salinas
del que nunca partí completamente.
Reviviendo mis años mozos
recorro los lugares
que en mi adolescencia dejaron
huellas indelebles
alegrías y tristeza.
Te busco,
no con el ímpetu de entonces,
esta vez solo para verte.
Caminando por la calle Monserrate
pregunto a una anciana solitaria
por aquella que me despreció altaneramente,
ella me miró fijamente,
fue una mirada extraña y profunda,
su rostro se llenó de tristeza y de amargura,
no pronunció palabra,
me dio la espalda y encorvada
prosiguió su camino calle arriba.
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 19 de marzo de 2010
