{"id":7562,"date":"2009-11-23T22:44:12","date_gmt":"2009-11-24T02:44:12","guid":{"rendered":"http:\/\/encuentroalsur.com\/?p=7562"},"modified":"2009-11-25T22:47:27","modified_gmt":"2009-11-26T02:47:27","slug":"margarita-josue-santiago-de-la-cruz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/encuentroalsur.com\/?p=7562","title":{"rendered":"Margarita \/ Josu\u00e9 Santiago de la Cruz"},"content":{"rendered":"<address>No puedo dormir.<\/address>\n<address>Atravesada entre los p\u00e1rpados<img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"7566\" data-permalink=\"https:\/\/encuentroalsur.com\/?attachment_id=7566\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/encuentroalsur.com\/wp-content\/uploads\/2009\/11\/barranco4.jpg?fit=109%2C124&amp;ssl=1\" data-orig-size=\"109,124\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;}\" data-image-title=\"barranco4\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/encuentroalsur.com\/wp-content\/uploads\/2009\/11\/barranco4.jpg?fit=109%2C124&amp;ssl=1\" class=\"alignright size-full wp-image-7566\" title=\"barranco4\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/encuentroalsur.com\/files\/2009\/11\/barranco4.jpg?resize=109%2C124\" alt=\"\" width=\"109\" height=\"124\" \/><\/address>\n<address>tengo una mujer,<\/address>\n<address>secreta mujer,<\/address>\n<address>tan sol y tan luna<\/address>\n<address>que abre mis ojos y me obliga a ver<\/address>\n<address>mi desventura y mi fortuna.<\/address>\n<address>Y no me deja dormir<\/address>\n<address>esa mujer,<\/address>\n<address>esa secreta mujer.<\/address>\n<p style=\"text-align:right;\">Secreta mujer\/Letra: Eduardo Galeano y J. M. Serrat; M\u00fasica: J. M. Serrat<\/p>\n<p>La luz del foco en el alambrado el\u00e9ctrico se colaba por la ventana de dos hojas a medio abrir para caerle en los ojos y abortarle el sue\u00f1o. Vir\u00f3 el cuerpo para huir del resplandor que amenazaba con mantenerlo despierto toda la noche y se encontr\u00f3 con el rostro en penumbras de la mujer que dormitaba. Lo contempl\u00f3 en silencio y la idea de poseerla le encendi\u00f3 una hoguera en el pecho. Recorri\u00f3 sus formas con la mirada y ella sinti\u00f3 el ardor de sus ojos en su cuerpo desnudo.<\/p>\n<p>-Ahora no. Tengo mucho sue\u00f1o -le suplic\u00f3 en un susurro que m\u00e1s que un rechazo pareci\u00f3 una incitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El sinti\u00f3 una org\u00eda de emociones galop\u00e1ndole por las venas al posar su mano en aquel vientre plano, cuya dureza se le asemejaba tanto a la del guayac\u00e1n.<\/p>\n<p>De lo m\u00e1s alto del despe\u00f1adero, Manuel contemplaba las aguas mansas del r\u00edo, desliz\u00e1ndose por los pedregales hasta perderse all\u00e1 donde la distancia dificulta la vista. S\u00f3lo el silbido del viento arremetiendo contra las copas de los \u00e1rboles, barranco abajo, llegaba hasta sus o\u00eddos. Todo lo dem\u00e1s era silencio. Calma.<\/p>\n<p>-No sab\u00eda que tambi\u00e9n a ti te gustaba este lugar -sinti\u00f3 la voz de Margarita quebrantar su ensimismamiento y qued\u00f3 sentado de un golpe, con la mirada en desorden. \u00a0Indefenso casi.<\/p>\n<p>-\u00a1Diantre! -reaccion\u00f3 ella en carcajada- Ni que fuera yo tan fea que mi presencia te causase tanto espanto.<\/p>\n<p>Pero no era aquello lo que con tanto sobresalto lo hab\u00eda sobrecogido, sino lo otro&#8230;<\/p>\n<p>-\u00bfEn qu\u00e9 pensabas? -le pregunt\u00f3 ella.<\/p>\n<p>-\u00bfA qu\u00e9 te refieres? -contest\u00f3 \u00e9l arrastrando las palabras porque Margarita siempre le distorsionaba el habla.<\/p>\n<p>-Tonto&#8230; -le dijo arqueando las cejas y dibujando una sonrisa que llev\u00f3 agudezas de placer a su cuerpo- \u00bfEn qu\u00e9 pensabas cuando mirabas barranco abajo?-<\/p>\n<p>-No s\u00e9 -le minti\u00f3.<\/p>\n<p>Y se tendieron boca abajo para observar el cauce del r\u00edo.<\/p>\n<p>-Sabes -dijo ella, mirando las aguas que nerviosas avanzaban-, yo pienso que el r\u00edo tiene un lenguaje muy hermoso. Como el de los ni\u00f1os cuando todav\u00eda no saben hablar.<\/p>\n<p>Manuel contempl\u00f3 su cuerpo de amapola ba\u00f1ada en roc\u00edo y ya ni el silbido del viento galopando sobre la cresta de los \u00e1rboles, ni las aguas del r\u00edo corriendo por entre los pe\u00f1ascos cautivaban su atenci\u00f3n. Ahora eran otras urgencias las que minaban su organismo y un temor angustiante de no poderlas controlar.<\/p>\n<p>Los rayos del sol matutino iluminaron de un todo la habitaci\u00f3n y con el despuntar del alba su mundo real -\u00bfO ser\u00eda el imaginado?- lo dej\u00f3 con un peso de amargura en la mirada y una extra\u00f1a sensaci\u00f3n en los labios, como el sabor agridulce del jovillo madurado a destiempo.<\/p>\n<p>El d\u00eda avanzaba con precipitaci\u00f3n de potro cerrero engullendo vientos&#8230; M\u00e1s all\u00e1 de Los Algodones, donde las aguas mansas del r\u00edo se confunden con la gris\u00e1cea brumosidad de la distancia, el horizonte pintaba un cielo achacoso. Como anunciando tempestades.<\/p>\n<p>-Parece que va a haber barrunto -coment\u00f3 don Nicodemo.<\/p>\n<p>Manuel levant\u00f3 la vista para encontrarse con el cielo atiborrado de nubes.<\/p>\n<p>-El agua le vendr\u00e1 bien a la cosecha -afirm\u00f3.<\/p>\n<p>-El agua s\u00ed -mascull\u00f3 el viejo-. Pero lo que viene con el agua son vientos de tormenta.-<\/p>\n<p>Manuel no le hizo caso. El abuelo siempre piensa calamidades, pens\u00f3. Y se fue, monte arriba, en direcci\u00f3n al acantilado.<\/p>\n<p>-\u00a1No te retengas en la piedra! -le grit\u00f3 el anciano. En la altura el viento siempre arrecia m\u00e1s fuerte, pens\u00f3 decir. Pero no lo dijo. Se limit\u00f3 a seguirlo hasta perderlo en la vegetaci\u00f3n que se lo trag\u00f3, dej\u00e1ndolo a \u00e9l ac\u00e1 en un lapachero de emociones que le hizo un charco en los ojos.<\/p>\n<p>Acostada sobre la superficie volc\u00e1nica del escarpado, Margarita dibujaba fantas\u00edas en el fondo del r\u00edo parturiento. Manuel la observaba en silencio. Pero ella sinti\u00f3 su presencia y volvi\u00f3 el rostro para encontrarse con el suyo.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 haces ah\u00ed parado como un bobo?-<\/p>\n<p>Su voz le desnud\u00f3 el alma.<\/p>\n<p>-Ac\u00e9rcate -le dijo ella, entonces- para que veas al r\u00edo corriendo como borrego asustado.-<\/p>\n<p>De nuevo la angustia de no poder controlar sus emociones lo acos\u00f3. Fue adonde ella y se limit\u00f3 a mirar el avance del r\u00edo, enfermo en sus entra\u00f1as.<\/p>\n<p>-Perdona lo de anoche -le susurr\u00f3 ella al o\u00eddo-. Ten\u00eda tanto sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Aquello le renov\u00f3 las fuerzas. Pero de nuevo volvi\u00f3 a lanzarlo al precipicio:<\/p>\n<p>-Parece que va a haber tormenta -le coment\u00f3 ella, bajito.<\/p>\n<p>-El abuelo dice lo mismo -alcanz\u00f3 \u00e9l a decir sin percatarse que ya todo se hab\u00eda desvanecido-, pero \u00e9l s\u00f3lo piensa calamidades.-<\/p>\n<p>-Y t\u00fa, Manuel, \u00bfen qu\u00e9 piensas?-<\/p>\n<p>La voz ronca de don Andr\u00e9s, el mayordomo de la central, lo sac\u00f3 de sus cavilaciones para ubicarlo en esa otra realidad, menos angustiante, menos comprometedora, a la que \u00e9l ya no quer\u00eda regresar.<\/p>\n<p>-No sab\u00eda que usted andaba por estos escondrijos.<\/p>\n<p>-\u00bfCon qui\u00e9n hablabas, Manuel?-<\/p>\n<p>-Pensaba en voz alta, nada m\u00e1s.-<\/p>\n<p>Don Andr\u00e9s, lo mir\u00f3, incr\u00e9dulo, por lo que \u00e9l condujo la conversaci\u00f3n por otros vericuetos:<\/p>\n<p>-Parece que se avecina mal tiempo.-<\/p>\n<p>El mayordomo afirm\u00f3 con la cabeza y antes de que \u00e9ste lograra darle forma a un pensamiento, \u00e9l lo ataj\u00f3, diciendo:<\/p>\n<p>-Es mejor que baje al llano para ayudar al viejo con la tormentera.-<\/p>\n<p>Pas\u00e1ndole la mano al cuello de la bestia que nerviosa resoplaba, don Andr\u00e9s lo vio desaparecer monte abajo, como huyendo de una realidad m\u00e1s devastadora a\u00fan que la tormenta, cuyas r\u00e1fagas comenzaban a sentirse por entre los pedregales del abismo.<\/p>\n<p>El viento castigaba con enfurecimiento las macizas paredes de la tormentera y las planchas de cinc viejo, mal clavadas en el techo, lloriqueaban ante la violencia sin nombre que las azotaba. Acurrucado en una esquina, el abuelo miraba el rostro taciturno de nieto, mientras afuera, la naturaleza en desorden, emit\u00eda alaridos de alucinado que se transformaban en voces incoherentes.<\/p>\n<p>Sin decir una palabra Manuel abri\u00f3 la puerta del refugio y el viento enloquecido hizo vibrar sus paredes desde los cimientos.<\/p>\n<p>Oy\u00f3 la voz de Margarita, llam\u00e1ndolo:<\/p>\n<p>-Ven Manolito, para que veas al r\u00edo enfurru\u00f1ado con las piedras porque le quieren robar su fuerza.-<\/p>\n<p>Don Nicodemo, con los m\u00fasculos crispados de angustia e impotencia, se bebi\u00f3 las l\u00e1grimas al ver al \u00fanico reto\u00f1o de Margarita, su difunta hija, alejarse monte arriba, en direcci\u00f3n al despe\u00f1adero, desafiando la tempestad.<\/p>\n<p>\u00a9 Josu\u00e9 Santiago de la Cruz<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No puedo dormir. 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