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Su hijo, familiares y vecinos le hicieron la vida más fácil. Le compraron una silla de ruedas en la que podía orinar, defecar y hasta bañarse. Por la noche lo acostaban en su cama de posiciones y al otro día lo volvían a sentar en su inseparable silla.
Un día regresó su antigua vecina tras largos años de haber emigrado a Nueva York. El mismo tiempo que Epifanio llevaba postrado en la silla.
Al verla, se levantó lo más campante y se fue con ella.
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de marzo de 2010
