Siguió su camino y recogió huesos de gallinas, de lechón, pedazos de chancletas gastadas, latas de cervezas vacías de los jardines, jeringuillas flotando en las aguas y hasta el aceite crudo del océano.
Un oficial de la policía se le acercó y le dijo que recogiera toda la porquería coleccionada. Con paciencia arrojó todo por un sumidero infinito, menos un clavel, el cual, cerrando los ojos, puso sobre su nombre.
©Edwin Ferrer

