Cansado de promesas que nunca se concretaban, llegó al hogar una tarde decidido a luchar por sus derechos.
Caminó al sótano para iniciar los preparativos de la Cruzada.
Encendió la antorcha de acetileno…
Ni la mujer ni los hijos imaginaron lo que tramaba. Ella luchaba por su cuenta para mantener el equilibrio de aquel hogar que se derrumbaba a causa del desempleo y los hijos, todavía muy chicos, no entendían de desventuras.
“Arriba de la mesa —oyó la voz de la mujer al otro lado de la puerta— te dejo la comida para cuando decidas subir”
El no le contestó…
Todavía oscuro, caminó en dirección a las escalinatas del viejo Ayuntamiento donde, jadeante y
Al poco rato comenzó a recitar porciones de la Carta de Derechos del Hombre Libre, hasta que las autoridades dieron cuenta de él.
Desde entonces se le ve por todas partes idiotizado.
© Josué Santiago de la Cruz, 01 de febrero de 2011
