Cansado de promesas que nunca se concretaban, llegó al hogar una tarde decidido a luchar por sus derechos.
Caminó al sótano para iniciar los preparativos de la Cruzada.
Encendió la antorcha de acetileno…
Ni la mujer ni los hijos imaginaron lo que tramaba. Ella luchaba por su cuenta para mantener el equilibrio de aquel hogar que se derrumbaba a causa del desempleo y los hijos, todavía muy chicos, no entendían de desventuras.
“Arriba de la mesa —oyó la voz de la mujer al otro lado de la puerta— te dejo la comida para cuando decidas subir”
El no le contestó…
Todavía oscuro, caminó en dirección a las escalinatas del viejo Ayuntamiento donde, jadeante y
bañado de sudor, cedió ante el peso de la descomunal armadura.
Al poco rato comenzó a recitar porciones de la Carta de Derechos del Hombre Libre, hasta que las autoridades dieron cuenta de él.
Desde entonces se le ve por todas partes idiotizado.
© Josué Santiago de la Cruz, 01 de febrero de 2011
El cruzado medieval, estaba motivado por una de dos razones o por ambas. Primero por el salario o las ganancias materiales que suelen estimular a los mercenarios. Segundo por una mística vocación de ir al rescate de los lugares santos en tierras de Palestina y la de aniquilar infieles y herejes. Luego de pronunciar un voto solemne a cada soldado se le entregaba una cruz y una espada para salir a combatir por los afanes hegemónicos de los señores feudales.
El cruzado de Josué, motivado por el desamparo económico, sale a reclamar los derechos que le han dicho posee. Revestido de la fuerza moral que proclaman los sagrados documentos de derechos humanos se lanza a reivindicarlos para caer abatido por el descomunal poderío represivo del gobierno. Tanto fue lacerada su dignidad, su cuerpo y su mente que ya no pudo vincular la realidad con sus pensamientos.
De nuevo Josué, nos regala una pieza de su narrativa que desafía la imaginación. Buenísimo
Buenísimo Josué. La vida de los pueblos tiene que cambiar. Los que escribimos vamos dejando despertadores de conciencia. Tu narración es perfecta, pero mucho más lo es el mensaje.
Un cariño.