Una tarde en la Plaza a uno de los muchachos se le ocurrió la espeluznante idea de llamar pato a Daniel el Broco, a sabiendas de que era homofóbico hasta la coronilla.
Tanto odio le profesaba a la comunidad gay que tenía colgado a la entrada de su lechonera un letrero, en flagrante desafío a la ley y a las buenas maneras, que leía: “NO SE ADMITEN PATOS”.
Un paquete de cigarrillos y todas las cervezas que pudiese ingerir en La Tablita era la recompensa para el que se atreviera realizar semejante proeza.
Ante el asombro de los que allí estaban, Catalino aceptó el reto, con la condición de que lo acompañara Tito Clavicordio.
A Tito aquello le olió a “peje maruca”. Pero aceptó a la invitación.
Daniel picoteaba el lechón sobre la mesa de conformidad a los pedidos que iba recibiendo.
Como suele acontecer en las comunidades pequeñas, en menos de lo que canta un gallo cada parroquiano sabía lo que iba a acontecer.
Donde segundos antes reinó el griterío, ahora el silencio llevaba la voz cantante.
Con el machete hundido en uno de los costados del lechón, Daniel preguntó:
— ¿A quién le toca?
Las miradas se posaron en el rostro de Catalino.
—Pícame 2 pa Tito.
Poco rato después, todo era risotadas y festejos hasta bien entrada la noche, en La Tablita.
©Josué Santiago de la Cruz
01/mayo/2011