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Los Papuchos: madre / David Arce

Papucho, cansado de caminar, llegó al borde del barranco, apretó fuerte la mano del hermanito mayor, abrió enormes los ojos, los cerró y los volvió a abrir. ¡El mar existía! ¡Todo lo que su hermanito le había contado entre lágrimas era cierto! Todo era verdad.

Vio esa delgada línea imaginaria entre dos inmensidades. Vio las nubes gordas, oscuras, preñadas de esperanza, ocultando a su madre luminosa con su velo de hilos dorados. Allí estaba ella esperándolos. Mamita los miraba desde arriba para siempre y en cualquier lugar. ¡Pero aquí estaba más cerca!

Papucho respiró hondo y esperó.

Y esperó sin sentir nada en la espalda.

—Tienes que cerrar los ojos, Papucho —le dijo el hermanito mayor—. Las alas de los ángeles son invisibles y no se sienten. Cierra los ojos y déjate llevar por la brisa.

Dos moscardones amarillos como estelas brillantes se elevaron por encima del barranco. Giraron en la lejanía y se confundieron con las escalas luminosas.

David Arce

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