Papucho, cansado de caminar, llegó al borde del barranco, apretó fuerte la mano del hermanito mayor, abrió enormes los ojos, los cerró y los volvió a abrir. ¡El mar existía! ¡Todo lo que su hermanito le había contado entre lágrimas era cierto! Todo era verdad.
Vio esa delgada línea imaginaria entre dos inmensidades. Vio las nubes gordas, oscuras, preñadas de esperanza, ocultando a su madre luminosa con su velo de hilos dorados. Allí estaba ella esperándolos. Mamita los miraba desde arriba para siempre y en cualquier lugar. ¡Pero aquí estaba más cerca!
Papucho respiró hondo y esperó.
Y esperó sin sentir nada en la espalda.
—Tienes que cerrar los ojos, Papucho —le dijo el hermanito mayor—. Las alas de los ángeles son invisibles y no se sienten. Cierra los ojos y déjate llevar por la brisa.
Dos moscardones amarillos como estelas brillantes se elevaron por encima del barranco. Giraron en la lejanía y se confundieron con las escalas luminosas.
David Arce
El cuernto llamado “El Ultimo Tren” hace un corto recuento del final de un gigante que fue la central Aguirre, pero hay un pequeño detalle y es que el sr. Ferrmin que guiaba la mudita , no ha muerto. Recientemente sus hijos le celebraron su cumpleaños num. 100…….
Ciertamente un relato enternecedor y brillante. Que mucho se puede pensar de esos dos moscardones amarillos remontando vuelo. Genial David.
¡Me encanto! Que hermoso relato, dice tanto y deja mucho más a la imaginación del lector. La descripcion me parece genial, lo pude ver.
Marinín.
¡Hermoso, David! Esta manera que tienes de dejar al lector ávido de palabras es algo digno de los mejores elogios.
La escena trae tristeza, esa que no podemos remediar, pero deja en lo íntimo la sensación de que todavía algo se puede hacer!
Aplausos con reverberancia-
Gloria