Por José Manuel Solá
He compartido décadas, días o apenas horas con otras personas. Por ello afirman: “…es que yo lo conozco…” Realmente, nadie conoce a nadie. Para “conocer” a otra persona habría que caminar muchos lugares, toda una vida, en sus mocasines, capear las mismas tormentas, tropezar en las mismas piedras, padecer sus mismas heridas, cruzar muchos desiertos y hasta conocer el sabor del agua que ha bebido. Sólo Dios conoce al hombre. Y no somos dioses.
El peor traductor o intérprete es el ego. El ego puede nublar la razón, el entendimiento, el juicio. El ego genera fantasmas enemigos, nos puede hacer creer que somos atacados abierta o solapadamente. El ego ve conspiraciones aún donde se ha sembrado una flor, donde se ha tendido una mano. El ego puede convertir en megalomaníaco al más noble de los espíritus. Si, el ego es muy mal consejero, intérprete, traductor. Y a ese YO no hay luz, relámpago, resplandor o palabra, que le aclare el sentido de las cosas pues hasta en la caída de un pétalo ve una pedrada en su contra. Por ello, creo, es mejor callar, mantenerse al margen del camino para que cada cual prosiga su andar –por el camino que sea- sin obstáculos, reales o imaginarios. Siempre cabe la posibilidad, la esperanza, de que al final el cansancio obligue al ego a descansar y le permita mayor claridad. Si ello no llega a suceder es lamentable, pero entonces no hay nada que hacer excepto soltar y dejar ir.
Cuando una persona comienza a sentirse grande, deja de crecer. El día en que crea que soy único, imprescindible, insustituible, me perderé en mí mismo, en el engañoso YO, que, como dije antes, tan mal traductor puede ser. “Bienaventurados los pobres de espíritu…”
Bendigo el agua que calma mi sed aunque yo no he intentado nunca explicar sus propiedades. El agua es buena porque es agua. Hasta ahí llega mi entendimiento de las cosas.
© José Manuel Solá
