Lo leyó… despojado, paupérrimo de luces, deshonrado de salmos, ignorante del lenguaje matemático y cuántico. Se sacó las gafas gruesas, como para no leer más y se acercó a la ventana umbría, por donde se colaba inquieta la luz lunar de una noche equinoccial. Allí lanzó un grito de trueno, exhalando así los añejos vacíos de certeza; no obstante se rindió de bruces… para invocar un Padrenuestro.
©Gloria Gayoso

