Salí a caminar elegantemente vestida por la avenida una noche de luna llena. Había decidido visitar un restaurante suntuoso y darme el lujo de comer como millonaria. Le pedí al mozo langosta rellena de marisco con tostones y una cerveza fría.
Nunca sospeche que mientras comía me acechaban. Estaba concentrada en la deliciosa comida cuando un desconocido se acercó a la mesa y preguntó mi nombre, a lo cual conteste cortésmente. Con elegancia y cortesía pidió que le permitiera acompañarme, a lo cual no me negué. Mientras conversaba con mucha gentileza y risas, me dice “¿te gusta comer bien?” Siempre que puedo me doy este lujo. Estuvimos hablando por varias horas y al despedirnos dejó su número telefónico con el deseo de volverme a ver.
No imaginaba que aquel hombre me seguía día tras día. Una noche enzorrada de la soledad opte por llamarlo. Me invitó y salimos a bailar. Su cordialidad y atenciones me convencieron de seguir la amistad hasta que nos hicimos novio. Nunca me dio un motivo por el cual discutir y todo iba bien. El tenía un cuarto rentado y yo una casa cómoda. Decidimos que se mudara a mi casa. Trabajaba y me ayudaba pero empezó con misterios. Llegaba tarde y decía que trabajaba tiempo extra. Nunca pensé que un día él llegaría violento tras una noche de tragos, o quizás de drogas.
¿Qué…? Dios mío de la que me libre.
© Nélida Torres

