¡Fuego! ¡Fuego…!, repetía la campana de la hacienda llamando a los obreros para evitar que se extendiesen las llamas a la próxima pieza de caña. Eran los aciagos días de huelga en la hacienda y una mano mal intencionada había encendido la mecha de la venganza. Algunos peones, machete en mano, a toda prisa iban haciendo anchos caminos alrededor de la fogata. Así el fuego, al llegar a las orillas , moriría sin falta.
Otras noches, mi padre preparaba la brigada de obreros para quemar algunas piezas de caña. Tal procedimiento se aplicaba cuando la caña era muy delgada y se hacía más fácil cortarla ya libre de hojas y paja. En esas noches, él me permitía acompañarle para presenciar cómo el fuego devoraba las hojas secas.
¡Hermoso espectáculo! Las llamas formaban ágiles figuras en oro, rojo y negro. Unas se movían lentas y gráciles; otras contorsionadas y violentas.
Estallaba el cañaveral en ruidos sordos y agudos. El calor era sofocante. Ratones y ardillas salían presurosos de sus escondrijos para guarecerse en las cañas vecinas.
Vigilantes, con sus machetes afilados, los obreros cortaban de aquí y de allá algunos trozos de las piezas cercanas. Había que tomar las debidas precauciones. A la luz de las llamas los machetes parecían plata rojiza.
Lentamente el oleaje de llamas se iba haciendo cenizas. Quedaban la paja y las hojas pulverizadas, pero las cañas, enlutadas, permanecían de pie con su alma de azúcar intacta y prometedora.

