Cuando abrió el ataúd estalló la barriga putrefacta del capataz y una nube de profecías se deshizo en su cuerpo, dejando un intenso olor que distorsionó el rostro de sus peones.
–Que innecesarios somos– dijo la Bobona, sin abandonar la tarea de exhumar el cadáver.
Su muerte empezó a acercarse al mismo ritmo que su trapiche envejecía y era remplazado por la maquinaria moderna de los franceses que huyeron de Haití y las innovaciones de la tecnología americana, que años después marcharían para siempre…
Resultaba difícil, casi imposible, creer que los augurios de estos restos se basaban sólo en una llamarada de caña de azúcar.
— ¿Por qué no sembró otras ilusiones? —susurró Pello Judío, quien exhumaba los restos del cadáver, que luego colocaba en una caja negra para trasladarlos a su nueva morada.
—- Lo veo fatigao; tratando de lanzar machetazos al aire como si quisiera matar al invasor, tal como lo describieron sus sueños años atrás,– dijo la Bobona, cubriéndose la nariz.
—- Helo aquí tendío, olvidó todos los caminos que lo conducían a una revuelta con sus competidores y coronao en su espejismo quedó dormío pa siempre. Tejió sus días con la noche al zis zas de su machete veraz para sustentar a su familia. Nunca pensó que un día vendrían dos de los cuatro jinetes del apocalipsis a tragarse la quinta que hubo heredao de sus padres. Era igual a los otros, a quienes había devorao la chispa del cañaveral, por no haber invertío su tiempo en otros productos. Su sato siempre fue fiel,
© Edwin Ferrer 3/28/2009

